Steiner y la Torá

stei

George Steiner
Un prefacio a la biblia hebrea (1996)

la Biblia, el “ruido de fondo” de la cultura

No hay otro libro como este. Todos los demás están habitados por el murmullo de ese manantial lejano (hoy en día, los astrofí­sicos hablan del «ruido de fondo» de la creación).

cristianos y comunistas: hijos de los profetas

Es en los profetas en quienes tienen su origen las dos principales herejías del judaísmo: el cristianismo y el socialismo utópico o comunismo. Al convertirse en una ecclesia burocrática, polí­ticamente comprometida, el catolicismo romano se unirá al partido de los reyes y los sacerdotes; desde los anarquistas milenaristas y los espí­ritus libres de la Edad Media hasta Cromwell y Marx, los «protestantes» estarán del lado de los profetas y sus imperativos mesiánicos.

desierto judaico versus plaza barroca

Este impropiamente denominado Antiguo Testamento es tan diferente del uso que han hecho de él la cultura y las traducciones cristianas como lo es el desierto de Judea de las plazas barrocas de Roma o de las agujas de la catedral de Canterbury.

los inimaginables autores bíblicos

Lo que soy incapaz de hacer es llegar a un pensamiento-imagen, por ingenuo que sea, a una impresión de técnica literaria o arrebato retórico, por magistral que sea, cuando me sitúo frente al autor o autores de los discursos de Dios originados en el torbellino de Job, de buena parte del Qohelet, de algunos Salmos o de considerables secciones del «segundo Isaías». La imagen de un hombre o una mujer almorzando, cenando, después de haber «inventado» y puesto por escrito estos y otros textos bíblicos me deja, por decirlo así­, cegado y desconcertado.

intemporalidad hebrea

La «intemporalidad» de los tiempos verbales hebreos, el rango gramatológico del futuro dentro del presente. Sean cuales fueren las referencias a un cumplimiento que aún tiene que producirse, los pronunciamientos de Yahvé están ya realizados en el instante de su enunciación

hablar inglés es hablar la Biblia

Donde es más evidente la trascendencia de lo bí­blico es en las literaturas en lengua inglesa. Ya he señalado la simbiosis entre la traducción bí­blica y la maduración de la propia lengua desde Tyndale hasta la Versión Autorizada. En innumerables aspectos de lo coloquial y lo sublime, lo proverbial y lo refinado, hablar inglés o angloamericano es «hablar la Biblia».

la torre no es una torre

¿Cómo abordar la traducción del episodio de Babel? Migdal no es, básicamente, una «torre». Es un objeto «grande» o «elevado» que tiene «su cabeza en los cielos». Muy probablemente, la inferencia originaria es un ídolo gigante.

Y, E, D, S y H, los cinco autores bíblicos

Se ha deconstruido el Génesis y los libros siguientes en cuatro o cinco niveles de autoridad. Estos niveles comprenden un redactor «Y», que utiliza el nombre «Yahvé», que se inclina hacia un monoteísmo antropomórfico (…) «E» se refiere a Dios como «Elohim» y parece preferir «Jacob» a «Israel» cuando escribe sobre el Patriarca. Los expertos consideran que tanto «Y» como «E» son los más antiguos de los diversos «autores» del Pentateuco. Al denominado deuteronomista o «D» (…) es quien revisa el material arcaico con objeto de eliminar las representaciones antropomórficas de Dios. (…) El redactor sacerdotal o «S» actúa probablemente en la crucial época de revisión histórico-legal posterior al exilio de Babilonia en 568-536. (…) han añadido una quinta autorí­a, la de «H».

tipos de salmos

En términos generales, los investigadores modernos distinguen himnos de alabanza, oraciones de gratitud por ser liberados de la aflicción o el peligro, salmos de lamentación o incluso, en el Salmo 88, de desesperación que recuerdan a Job, salmos litúrgicos que posiblemente acompañaban a determinados ritos y dí­as festivos y, aunque de manera poco clara, «textos de sabiduría» que tratan asuntos más abstractos (por ejemplo, los Salmos 34, 49, 73).

indignación ortodoxa

[según el fundamentalismo] ¿Quién es Darwin, quién es Freud para alzar su voz por encima de la que sale de la zarza ardiente?

la espera

«Bienaventurado el que espera» (Daniel, 12, 12).

Anuncios

En la noche dichosa

mag
La Magdalena penitente, llamada La Magdalena de las dos llamas o La Magdalena Wrightsman. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Joan Pau Inarejos

¿Quién no ha notado que cierta noche, cuando todo estaba en calma, recibía una inspiración especial para estudiar, para culminar cierto trabajo o para decir las palabras exactas? ¿Quién no ha percibido que se sentía más liberado o más sereno, misteriosamente investido de poder o graciosamente desinhibido cuando ha atravesado el ecuador de las doce y más allá?

La noche cancela el tiempo social, allana los requerimientos de la prisa y la productividad. Hay una luz propia de la noche oscura, como vio San Juan de la Cruz (“aquesta me guiaba / más cierto que la luz del mediodía”). Durante el día cargamos el fardo de competir con los demás y arrastramos esa bulimia, tan nuestra, de llenar el tiempo a toda costa, sea con acciones, sea con incansables proyecciones, expectativas, mapas mentales, cuando no pura melancolía por no ser lo que no nos hemos propuesto. La noche acaba con todo esto.

“Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos. Pero la noche llega y comienza a cantarme. La luna hace girar su rodaje de sueño”. Pablo Neruda cuenta así el poder reparador de lo nocturno, una suerte de mecanismo embelesador —el rodaje de sueño— que se activa puntualmente para despertar en nosotros un nuevo ser. “És quan dormo que hi veig clar”, confiesa J. V. Foix, abundando en esa forma de conciencia extraña que sobreviene con el ocaso. “Ja s’han fos tots els anhels del dia”, dirá Josep Maria de Sagarra, cuando invita a su amada a caminar bajo las estrellas.

Si hay un despertador matutino —el canto del gallo o el berrido del smartphone—, quizá también hay un despertador vespertino, más psíquico que físico, el que nos prepara, paradójicamente, para el descanso, derogando, una por una, todas las disposiciones jurídicas de nuestro Yo consciente, todas las secuelas de esa ilusión que podemos llamar tiempo lineal o ficción progresiva: yo soy, yo hago, yo tengo más que ayer.

Tal vez el anochecer, cada anochecer, sea una pequeña muerte, como dicen los franceses sobre el éxtasis sexual. Creemos que viviremos para siempre, pero nuestra quimera se desmorona cíclicamente, como un sabio aviso de la naturaleza, cuando el cuerpo y la luz declinan. Morimos cada día un poco. Morimos a nuestro tiempo, a nuestro ruido civilizatorio, para entrar en otra temporalidad. La noche nos enseña que no tenemos nada y que ese es nuestro triunfo secreto. Con ella nos hacemos eternos sin saberlo.

Este aflojamiento, este magisterio de desacoplamiento y rendición de la voluntad (“estando ya mi casa sosegada”, San Juan de la Cruz) suele tener como fin el descanso físico, el dormir. Es lo que hacen los mamíferos. Pero a veces decimos no. A veces nuestra caprichosa libertad, nuestro afán exploratorio, establece un hiato entre la vigilia y el sueño, conseguimos vencer heroicamente el letargo, y entonces entramos como polizones en un reino que no es el nuestro.

De ahí la sensación de paz profunda y a la vez de asombro que transmiten las pinturas nocturnas de Georges de La Tour (1593-1652), escenas apenas iluminadas por la llama frágil de una vela o un candil. Como saben los cineastas y los escenógrafos, estos focos artificiales y laterales suelen resaltar mucho más las figuras en comparación con la luz natural, captan mejor su intimidad, individualidad y presencia dramática. Su gravedad.

En los personajes del pintor lorenés es evidente: La Tour consigue una limpidez perfecta, un aire casi de suprarrealidad —el que ansiaban los surrealistas: recordemos que lo verdaderamente onírico es lúcido y preciso, no caótico y borroso—, una verdad mística que simplifica formas y colores, como si al autor le diera pereza detenerse en las descripciones de la luz solar y sus texturas anecdóticas. Al igual que los bodegones y cuerpos extáticos de la pintura española —Zurbarán, Velázquez—, la quietud mineral y la ausencia de nieblas y distracciones hace que las figuras parezcan de otra dimensión. Esencia y no contingencia.

María Magdalena contempla la llama doble, frente al espejo, y tiene una calavera sobre el regazo, como quien acaricia a un animal de compañía (Jean-Patrice Marandel). Los cabellos lacios, el escote suave, el reposo de manos y rodillas: todo en la representación de la pecadora arrepentida rezuma un atractivo sosegado y sin abalorios, una subjetividad sorprendentemente moderna. La Magdalena incluso nos hurta su fisonomía —algo tabú en la pintura clásica y que nos descubrirán la fotografía y los artistas románticos—, con el gesto de volverse hacia el interior del cuadro. Mensaje: lo esencial no es ni siquiera la identidad del personaje plasmado, sino algo que está más allá, o más adentro.

Hay quien cree —como Jacques Tuillier—, que La Tour “no ama el mundo*”, y por eso se recrea en esas escenas de soledad nocturna, en esos entornos físicamente indeterminados, atmósferas grises y ocres que nunca nos informan de donde estamos. Pero no es exactamente tristeza, amargura o hastío lo que emana de sus lienzos; no es una huida desengañada del mundo. Es más bien una tranquilidad docta y cristalina, alimentada por la noche. Iluminada por dentro.

 

*’Georges de La Tour’. Catálogo de la exposición el Museo del Prado de Madrid (2016). Edición a cargo de Dimitri Salmon y Andrés Úbeda de los Cobos.

Lo mejor leído en 2017

1. Presencias reales: ¿hay algo en lo que decimos?
George Steiner (2007)

stein.jpg

Es ya un ritual: año tras año, me sumerjo en la palabra de Steiner, en su prosa espiral, experta en dar vueltas y vueltas sobre puntos ciegos y —quizá— secretamente viciosa de las no respuestas. Al casi nonagenario humanista se le nota que le gusta ventilar todos los interrogantes filosóficos, todos los escondrijos del lenguaje, por el puro gusto de verbalizar, por la ambición barroca de enseñar cuán ingente es lo que ignoramos pero podemos empalabrar. Ahora que vivimos en el silencio desdeñoso, en el derrotado da igual o el capitulador no te ralles, es un placer exótico comprobar cómo Steiner va pelando la enorme naranja de la estética, del posible más allá, de la vigencia —ajada y bostezante— de lo poético; a pesar de tantos desencantos.

Esta vez, el pensador austro-franco-americano —hasta su nacionalidad es un rizo—, se pregunta, bien acompañado por los poetas modernos (Mallarmé: “La rosa es la ausencia de toda rosa”, la palabra no designa al mundo sino que paradójicamente lo expulsa), por Wittgenstein (“lo mejor de nosotros guarda silencio”) y como siempre por el Antiguo Testamento (el lamento de Job: “¿por qué no estaba yo en el principio?”, el eterno reproche de la criatura al creador, la envidia masculina hacia Dios), se pregunta, decíamos, si hay algo real, auténtico, encerrado en lo que decimos o bien ese decir es una pura fantasmagoría (un “salto en la oscuridad”, Saul Kripke dixit) que, como mucho, nos permite la alegría fugaz y transgresora de “bailar frente al Arca vacía” (otra vez la melancolía bíblica).

¿Hay algo en lo que decimos? Bien cómodo en su personaje de abogado del diablo literario, Steiner nos abruma con bandazos argumentales constantes, posicionándose ora con unos, ora con otros. De un lado, constata la rápida caducidad del lenguaje frente al vendaval de la ciencia; acabamos hablando con un montón de “metáforas envejecidas” (lo más obvio: aún decimos que el sol “sale” y “se pone”, siglos después del giro copernicano), como orgullosos aristócratas del mundo de ayer, dando la espalda a un mundo que nos va refutando. El lenguaje es pobre. De otro lado, es muy poderoso: “una palabra”, una sola palabra, “puede estropear una relación humana”: tan afilados son los “cuchillos del decir”, irrealidades que crean y cancelan realidades a cada minuto.

Tan escurridiza, lesiva y revolucionaria puede ser esa ficción eficaz que llamamos lenguaje (los cuchillos del decir), que los guardianes de la rectitud de todas las épocas se han ocupado concienzudamente de encerrarlo bajo siete llaves: los ortodoxos son justamente los que se dedican a puntuar los textos, los que cincelan sus enojosas ambigüedades, los que ponen el punto final a la frase, frente a la semiosis ilimitada y los perversos puntos supensivos de los herejes, es decir, aquellos que se empeñan en releer y reescribir, una y otra vez, los textos sacros —religiosos o no— de la cultura. Abrirse o encerrarse, he aquí el dilema decisivo de todo sistema cultural, siempre preocupado por sus grietas. El afán teórico, dice Steiner, es “impaciencia sistematizada”. No así lo poético, lo ambiguo, que nos enfrenta a las morosas humaredas del ¿y si? del te imaginas, de la verdad que a veces se agota y necesita salir a tomar el aire (Braque: “las pruebas cansan a la verdad”). Steiner acusa al mundo actual, teórico, periodístico, achatado, pragmático y sintetizador, de tener miedo al resplandor poético, a su capacidad de “tambalearnos” y desestabilizarnos para de este modo “asirse en nosotros” y acompañarnos para siempre como una oscura tentación.

Al fin, el ensayo sueña con un lenguaje “desinvestido del mundo”, la utopía mística de un verbo que se aproxima a la música, a esa abstracción emocionante, o infinitesimal cálculo sin calculador (Leibniz: “La música es una aritmética secreta del alma ignorante del hecho de que está calculando”), una esperanza judaizante en un espíritu que no necesita nombrarse a sí mismo (yo no tengo nombre, soy el que soy, dice el Dios de la zarza ardiente). De aliento optimista, Steiner se pregunta si el cacareado divorcio palabra-mundo no será quizá, como todo epílogo, un nuevo prólogo para la humanidad, y concluye que vivimos en el Sábado Santo, uno de los días más misteriosos y menos comentados de la historia sagrada, el día de la sepultura de Cristo y de la esperanza enterrada, el único día donde es posible la poesía, de todo punto inmoral en el Viernes Santo, en Auschitz, y completamente innecesaria en el Domingo de Resurrección —donde ya todo lo veremos cara a cara, nos dice san Pablo—. En ese Sabbath sereno, entre “la carne que sabe a ceniza y el espíritu que sabe a fuego”, discurre nuestro caminar.

2. No somos refugiados
Agus Morales (2017)

ref.jpg

Empecemos por el método: el gran periodista, amigo y escritor —no necesariamente en este orden— Agus Morales tiene su propio truco para adentrarse en el mundo hostil e ingobernable que nos ha tocado vivir —a unos más que a otros—: “hacerse ambiente”. En el drama sirio, en la masacre del Mediterráneo o en los oscuros albergues mexicanos, colmados de migrantes recelosos, decide suspender cartesianamente el juicio periodístico, el irrefrenable deseo colonizador del intelecto occidental, para sencillamente “camuflarse”, ser uno más, vencer resistencias. Soy ambiente, me hago ambiente.

Lección de humildad oriental en un libro donde caben casi todas las crisis socioeconómicas contemporáneas en las que Agus ha conseguido estar presente con un sorprendente don de la ubicuidad para la edad que confiesa. La caza y captura de Bin Laden, el fracaso de Sudán del Sur, los remotos mundos de Extremo Oriente, el ébola… no hay territorio herido que el fundador de 5W no haya pisado con veloz determinación (paréntesis personal: en la universidad siempre le decía que me recordaba a los virus animados de ‘Érase una vez el cuerpo humano’: pelo erizado, actitud de bólido, voluntad de acero para colarse bajo las pieles de un mundo enfermo). Y la buena noticia es que sí: nos lo cuenta todo.

Libro de relato y tesis, donde creo muy subjetivamente que late un poeta-filósofo más que un cronista puro y duro, ‘No somos refugiados’ da por sentado que hemos entrado en un nuevo mundo, violento y descabezado, donde “fracasa la paz más que triunfar la guerra”, y en el que los chivos expiatorios, las víctimas perfectas, son esos miles y miles de refugiados que esta recopilación de historias —empezando por el título— se niega a admitir como tales. En realidad, razona Agus con desarmante claridad, la gran mayoría de los que consideramos refugiados no lo son, bien porque no han podido salir de su país, bien porque están en un eterno y kafkiano proceso de obtención de asilo, bien porque están desarraigados de una tierra en la que nunca han estado (ese palestino que añora Palestina sin haberla pisado). Hay más tedio que tragedia, más largo plazo que épica del instante en las vidas de todos estos no-refugiados, síntomas andantes del futuro que nos espera, gentes que no viven, como creemos, injertos en el drama, sino que se autoorganizan, se autoayudan, tienen sentido del humor y necesidades muy parecidas a las nuestras, empezando por ese nuevo maná que son las comunicaciones digitales (dice Agus: si mañana hubiera un bombardeo en Barcelona, lo último que me dejaría es el móvil).

‘No somos refugiados’ se detiene en detalles hermosos: Praise, ese bebé rescatado de las aguas cual Moisés, que ilumina el barco de rescate con su mirada ilimitadamente curiosa (el ojo es la lámpara del cuerpo, dice Jesús). Pero también cartografía paisajes abstractos de dolor y desolación, con una certera observación sobre lo diferentes que son estos panoramas ruinosos según quién esté detrás: la mano humana o la naturaleza. Cuando hay un tifón o un tsunami, la destrucción es homogénea y ciega; frente a un hospital bombardeado, en cambio, se aprecian estragos desiguales, la veleidad caprichosa que tiene y ha tenido siempre el Mal cuando pasa por las casas de los inocentes (“parecían obra de un mismo pintor atormentado”).

El ojo crítico moraliano rota 360 grados y se posa también sobre el mundo supuestamente intocable del humanitarismo, las ONG y las políticas de cooperación de los estados. Los malos diagnósticos, advierte Agus, arruinan países; considerar que hay una crisis humanitaria o bien una crisis de desarrollo no es baladí; puede afectar decisivamente el rumbo de un país vulnerable (caso de República Centroafricana). Fomentar la compasión o la catalogación de estos seres humanos como meros refugiados, fugitivos o puras víctimas de lo inevitable acaba mermando su dignidad y sus derechos. Quizá no hay que darles pan, quizá hay que comer con ellos. Me hago ambiente.

Dos apuntes del subsuelo para entender la piscología (no) refugiada. Primero: muchos desean y esperan paradójicamente la violencia porque saben que forma parte de su periplo y quieren quitársela de encima cuanto antes mejor (‘ya me han pegado: puedo seguir adelante’). Y segundo: en situaciones extremas, aflora la identidad y la religión, tan denostadas por las mentes modernas y marxistas, y pese a todo resilientes, tozudas como un bumerán. Ser musulmán, latino, chií, cristiano africano o pastún puede ser repentina y urgentemente importante en un campo de refugiados donde no abunda el pan ni la solidaridad, y en cambio las adhesiones grupales funcionan como galvanizadores simbólicos. Toma nota, Occidente descreído; consideradlo, profetas de la post-humanidad y el fin de las identidades.

Agus se hace ambiente y nos hace ambiente en esta malla de relatos por el mapamundi, donde no siempre —ni todo— está tan claro como quisiéramos. El periodista se mueve en una “delicada red de silencios y secretos”; la víctima y el granuja se confunden; el traficante y el esclavo a veces no son fácilmente reconocibles; el espía y el activista guiñan el ojo en diagonal. En un mundo sin manuales, sin parámetros, donde gana terreno día a día la teoría del caos, este humilde y clarividente periodista de El Prat de Llobregat busca la verdad última del dolor, el único y verdadero átomo social que se resiste a ser deconstruido, neutralizado o lanzado a la fosa posverdadera. El dolor no tiene réplica posible. Así habla un joven moribundo, libremente interpretado por un emocionado médico-escritor en Sudán del Sur:

“Quiero otro bolo de morfina —por favor, enfermero. Habla con el médico y pónmelo. O no hables con nadie y pónmelo. O mejor, no me lo pongas y habla conmigo. Nadie habla conmigo, solo me preguntan cómo estoy, sabiendo que no tengo respuesta, porque no tengo energía para responder. Hacen como si hablan pero no hablan, hacen su trabajo que no es hablar (…) Refugiados detrás de vuestros objetos de médicos y enfermeros, os alejáis de mi piel porque cada vez está más fría”.

3. Poesies
Màrius Torres. A cura de Margarida Prats. (1935-1941)

Hay películas que merecen ser vistas por una escena rutilante, y a veces un libro entero vale un solo poema, sin desmerecer a los que aguardan en otras páginas con tinta pálida y voluntariosa. Tuve esa sensación un poco culposa cuando leí por primera vez al poeta de Lleida Màrius Torres (1910-1942), alma sensible y clasicista, atravesada por la música y la enfermedad, a cuyo descubrimiento siempre me había invitado el buen amigo Lluís Mata. En 1937, con tuberculosis, precozmente ingresado en un sanatorio, Torres eleva esta maravillosa plegaria, el sueño febril de convertirse en un instrumento —la melomanía, siempre presente— preciso y afinado frente a los pecados, verborreas y debilidades del lenguaje humano, tan insuficiente.

Sóc tan sovint com una corda fluixa i vençuda
que vibra malament!
Amb ritme feixuc, engavanyat i lent,
àtona, corrompuda,
corda desafinada, la meva ànima ment.
Quants cops l’hauria volgut muda
per no sentir la música falsa del seu accent!

Senyor, ¿Tu no voldries
reblar les torques dels meus extrems afeblits
perquè mai no s’afluixin les meves melodies?
Jo vull ésser constant en els plors i en els crits,
i cantar sempre igual, ignorant les follies,
els delers, els neguits,
el corb que sobrevola l’estepa dels meus dies…
Jo vull ésser com tu, o corda que diries
que sempre et polsen uns mateixos dits.

4. Tengo, tengo tengo. Los ritmos de la lengua
José Antonio Millán (2017)

portada_tengo-tengo-tengo_jose-antonio-millan-gonzalez_201703010041.jpg

Escribir sobre cosas pequeñas suele dar resultados grandes. Cuando los escritores se amarran a lo cotidiano, vecinal y doméstico, surgen chispas de verdad, no hay peligro de exceso o pedantería, no hay espacio para la quimera intelectual. El lingüista y traductor José Antonio Millán nos circunscribe en el patio del colegio, en las factorías obreras o en los más íntimos aposentos maternofiliales para descubrir lo enraizado que está el ritmo, la música de las palabras, en todas nuestras comunicaciones. Como el personaje de Molière que se sorprendía por haber hablado toda la vida en prosa sin saberlo, nosotros no deberíamos sorprendernos de lo que afirma Millán con rotundidad profesoral: que todos hablamos en metro y ritmo (Octavio Paz lo dice con más volutas: “En el fondo de toda prosa circula, más o menos adelgazada por las exigencias del discurso, la invisible corriente rítmica”).

Y como prueba, “a las cosas”, que dirían Husserl y los fenomenólogos. Para darnos cuenta de que el ritmo es un constructo mental, y a la vez nuestra manera natural de descodificar el mundo, basta escuchar un reloj de cuco, dice el filósofo Agustín García Calvo. El reloj nos da en realidad dos sonidos equivalentes, idénticos (tic-tic, toc-toc), y sin embargo nosotros interpretamos “tic-tac” y creamos sin darnos cuenta estas onomatopeyas de alternancia para ordenar la gran cacofonía del mundo exterior. Todo ritmo es un artificio para convertir la materia en lenguaje, la vida monótona en algo bailable. Como vemos, esto no solo ocurre en las composiciones musicales o en la literatura: está implantado en todos nuestros actos de habla, especialmente los más aparentemente espontáneos e infantiles, cuando estamos tanteando el aprendizaje de la lengua.

Y aquí llega otro tema aparentemente banal: los trabalenguas. Millán razona su pervivencia a lo largo de los siglos porque al fin y al cabo son una forma de entrenar nuestra herramienta social más importante, el lenguaje, ergo la fonética. Bajo la anécdota de los tres tristes tigres o de aquel Pablito que clavó un clavito anida un trabajo secreto de adiestramiento mente-habla, de ordenación de las ideas mediante su única encarnación conocida, las palabras y sus polimorfos fonemas y sememas. En el juego infantil, lo menos competitivo y severo que podamos echarnos a los ojos, es donde el autor cree hallar la gran educación del lenguaje, porque es allí, en la comba, en los palmeos o en el nada inocente conejo de la suerte donde confluyen los tres ritmos de toda comunicación humana: el métrico de la palabra, el musical —el principio melódico— y el de las acciones —la pragmática: todo juego tiene un ritual y unas reglas—. El juego, como dice el sabio aforismo, es lo más serio que existe. Su rigor jurídico lo atestiguan los participantes, cuando algún listillo se sale por la tangente y se entona el indignado: ¡No es así! No es. Y solo bajo esta óptica, constata Millán, como un aprendizaje arcaico, se puede explicar la asombrosa pervivencia de las culturas o subculturas infantiles, de generación en generación e ignorando modas, incluso en este siglo XXI marcado a fuego por la desastrosa crisis de la oralidad.

Metido hasta las cejas en curiosas pesquisas microculturales, el autor observa que el Ob-La-Di Ob-La-Da de los Beatles es un posible universal rítmico (llamadlo tararí-tarará: en inglés o en castellano, el caso es que reconocemos su misma estructura dando forma  a miles de frases y canciones) y se atreve incluso a poner sobre partitura las no menos universales cancioncillas de hacer rabiar, que, al parecer, se resumirían siempre en un irritante sol-sol-mi-la-sol-mi (a que no me pillas, cara de papilla y análogos). Rabiar, chinchar, perros, insectos: siempre la etimología animal cuando se trata de despertar la susceptibilidad lingüística más primitiva del prójimo.

El veterano lingüista madrileño ve ritmos por todas partes, impregnados en los actos más prácticos y cotidianos: adormecer a un bebé —toda nana es hipnosis musical—, acompasar el trabajo en las fábricas o en las oficinas —la caricatura elocuente es el Hi Ho! de los siete enanitos de Blancanieves, pero todos lo practicamos, no hay más que fijarse— o bien animar un grupo de afinidad —desde los cantos deportivos hasta las rimas propagandísticas, como el fascista y risible “ojo, rojo, que te cojo”—.

Creemos que decimos palabras, pero hacemos música. “Crea un sonido que el lector pueda escuchar con placer. No te limites a escribir palabras. Escribe música”.  El consejo de Gary Provost a los futuros escritores pasa por trabajar lo que el texto tiene de más genuino. El genio secreto del idioma no es la capacidad descriptiva sino la belleza el estilo. Creemos que el lenguaje es una mera aritmética, sistema de signos o acuerdo funcionarial para hablar de las cosas, cuando en realidad está empapado de estética y de técnicas persuasivas que utilizan como bazas la métrica, el ritmo y la melodía. Una breve rima, como saben los publicitarios y los retóricos, imprime mucho más en el cerebro del oyente que un prolijo y correcto razonamiento. Las conversaciones están plagadas de fórmulas musicadas para empezar o terminar las locuciones, para cambiar de tema o para mover a la acción (“a otra cosa mariposa”, “de eso nada, monada”, “alucina vecina”).

Habida cuenta de todo esto, digo yo: ¿a quién se le ocurrió traducir la canción ‘See you later alligator’ por ‘Hasta luego cocodrilo’? Alguien, que, sin duda, ignoraba el tremendo poder cultural de las rimas. Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho.

5. Tratado de filosofía zoom
José Antonio Marina (2016)

marina.jpg

Y José Antonio Marina asoma un año más en mis antologías lectoras, incluso cuando cunde la sensación —y es bastante a menudo— de que siempre escribe el mismo libro y rentabiliza sin fin su propio anecdotario intelectual. No diré que es el Woody Allen de la filosofía, porque a ver si me lee por aquí y no quiero ofender a nadie. Como el otro José Antonio, el del piso de arriba, el toledano hace parada y fonda en esos temas pequeños y cotidianos tan de su gusto, materiales perfectos para la vocación de detective cultural privado, al servicio de los lectores. Y como Steiner, hace gravitar todas sus reflexiones alrededor del gran tema del lenguaje, esa cosa que inventamos en la prehistoria para cazar mamuts y que hoy nos permite cantar al primor de una rosa, un caso palmario de exaptación, por recuperar el sugerente concepto del biólogo Stephen Jay Gould (exaptación: utilización de una herramienta biológica para algo distinto de su fin primario).

El lenguaje nos hace ser una especie de desterrados —o descielados, aunque suene horrible— entre el el reino del cielo y el reino de la tierra: somos “ángeles con perdigones en las alas” o “topos con alas protésicas (el hombre, “capaz de poco y de mucho, de todo y de nada: ni ángel ni bestia”, decía Pascal). Hablamos porque somos seres imaginativos, excesivos, pleonéxicos (palabro, este, de Ortega, que refuta con energía el darwinismo: nuestro santo y seña no es la mera adaptación o integración en el  medio, sino el aumento artificial de nuestro propio ser, posibilidades y expectativas, el henchimiento). Sigue Marina citando la prosa orteguiana: “La historia de la razón es la historia de los estadios por los que ha ido pasando la domesticación de nuestro desaforado imaginar”.

La orgullosa razón, pues, no es más que imaginación domesticada, y los mitos, el resultado inevitable de vivir en comunidades de más de cien o ciento cincuenta personas, la cifra máxima que, según los antropólogos puede digerir las individualidades sin el precio de diluirlas. Una vez masificadas las sociedades allá por el Neolítico, hubo que inventar las comunidades imaginarias donde poder sentirse como en casa, y de ahí el germen de la religión y el pensamiento mitopoético, hasta llegar a sus formas más modernas y desviadas, como el supremacismo o los fanatismos violentos (Heidegger, acusado de poetizar el nazismo, dijo la boutade de que Dios —el Ser— hablaba en alemán de la Baja Baviera. Hasta aquí el chascarrillo filosófico).

La poesía, el lenguaje, llevan a gala su precisión y “misión de claridad” (Juan Ramón: “Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas”)… y sin embargo “nadie construiría un puente basándose en el lenguaje poético”, aunque, pensándolo bien, esta extraña paradoja daría para un interesante y disparatado cuento (digresión bloguera: ¿como sería un puente machadiano, o un peaje inspirado por la arquitectura lírica de Cernuda?; fin de la digresión). La poesía es exacta, es certera, pero de un modo ciertamente sui generis. La religión es intangible, y aun así crea civilizaciones: no es lo mismo vivir “como si Dios existiera” —la historia de ‘San Manuel Bueno, mártir’, del católico descreído Unamuno—que vivir “como si Dios no existiera” —aunque esto último, curiosamente, lo hayan llegado a defender severos pastores protestantes como Dietrich Bonhoeffer, que murió asesinado por la policía nazi—.

Coleccionando citas de sabios y teólogos, el mejor divulgador filosófico español abunda en nuestra condición de seres excesivos, propulsados a la autosuperación permanente y al instinto vital, hasta el punto de negar la muerte (lo dice Gracián con ironía barroca: “No deberíamos nacer, pero ya que nacemos, no deberíamos morir”). Se rinde también ante otro de sus conceptos fetiche, la brillante agilidad, la gracia, entendida ya desde Santo Tomás de Aquino como “la docilidad del cuerpo al espíritu”, la capacidad de la bailarina de aparentar ligereza sobre toneladas de disciplina y automatismos aprendidos (no basta con la creatividad y el talento, y aquí habla el pedagogo: “improvisar es sistematizar la inspiración”). A vueltas con el sueño—nunca del todo resuelto— de la agilidad luminosa, con más pesimismo y radicalidad se expresa Michel Foucault, cuando llega a decir que “mi cuerpo es lo contrario de la utopía, el lugar irremediable al que estoy condenado”. Ángeles con perdigones, topos con prótesis.

Siendo así de frágiles, así de limitados, ¿como responder a nuestros hijos, que nos interrogan día y noche sobre el porqué de todo? Según Marina, hay dos posibles respuestas, y me temo que ninguna le satisface. La respuesta científica: el “porque sí” —que cierra el debate filosófico—; y la religiosa: “porque Dios así lo quiere” —que cancela la libertad—. Ambas tienen un único fin: poner fin al “agotador inquirir”, a la duda ilimitada e hipercuriosa que nuestro Yo infantil, cuando despierta, siempre está dispuesto a manifestar en voz alta. El niño siempre duerme dentro del adulto.

Para terminar, una oda a la agilidad y la velocidad tan queridas por Marina, el bello ‘Poema a una ciclista’ de José Antonio Muñoz Rojas que nuestro ensayista reproduce como una luz clara en medio de su disertación:

“Siempre va, siempre va, aunque suspiren
árboles melancólicos y lloren
los ojos de los puentes ríos de llanto.
No pesa el corazón de los veloces.”

 

2017 en 17 imatges

1. Barcelona. Caminada de Sant Boi a Badalona. Desembre 2017
2. Bath. Viatge a Anglaterra amb Judith. Juliol 2017.
3. Forn solar d’Odelló. Cerdanya francesa. Viatge amb els germans. Juliol 2017.
4. Aina i Quim. Portsmouth, Regne Unit. Novembre 2017
5. Abril al juny. Ordal. 2017.
6. Maria sobirana. Ordal. Juny 2017.
7. Aniversari amb fillols. Sira i Quim. Sant Boi. 1 novembre 2017.
8. Princesa dels Quatre Regnes. Paula. Priego de Córdoba. Juliol 2017.
9. Els viatges de Gui Lluís Ver. Sant Ramon. Sant Boi. Maig 2017.
10. En s’estiu. Tamarit. Juliol 2017 / Menorca. Viatge amb Sergi. Agost 2017.
11. Mundialistes TV. 1món.cat. Laia, Laura, Sergi, Arnau. La Xarxa. Novembre 2017
12. Spirito santo. Salerno. Itàlia. Viatge amb Ignasi. Agost 2017.
13. Itàlia amb els ulls tancats. Salerno. Agost 2017
14. Trobades. Fira de la Puríssima. Sant Boi. Judith, Jose, Sara. 8 desembre 2017. / Alaró. Mallorca. Jose, Pau, Pablo. 23 desembre 2017.
15. El Nacional. Per fi una foto del Zero Dos. Pau, Judith, Jesús, Agus. Juny 2017.
16. Mirada perduda. Diada a Barcelona. Onze de Setembre 2017.
17. Els meus trenta-quatre. 1 de novembre de 2017. NO és el dia dels morts.

 

Mejor cine visto en 2017

por Joan Pau Inarejos

Mis diez películas de 2017… a la espera de llegar a 2049 y ver Blade Runner.

1. Moonlight
Nota: 8

ml

El revuelo por la pifia de los Oscar ocultó que, en realidad, se había hecho justicia poética. Y de qué manera. Frente al oropel deslumbrante de la Ciudad de las Estrellas, la luz tenue de ‘Moonlight’ tiene cosas muy discretas e importantes que revelar. Estamos ante una historia delicada, limpiamente filmada, una parábola sobre la identidad y el reconocimiento que va mucho más allá de clichés sexuales y raciales. Contra el ruido, paciencia. Contra la fiebre de las etiquetas, cordialísimo humanismo. Contra el mito de la liberación de los cuerpos, la necesidad primaria de compasión y reconocimiento. Contra la cultura del yo seguro de sí mismo, defensa de la ambigüedad y la duda. Contra el grito mal entendido de la igualdad, el elogio de la diferencia.

2. La tortuga roja
Nota: 8

thumb_2043_media_image_926x584.jpg

Un año más, la animación demuestra que no es la hermana menor ni la pariente pobre de nadie (véase más abajo). Europa y Japón se encuentran en una isla remota de Robinsones perdidos de sí mismos y una naturaleza totémica que parece la respuesta a todo, eso sí, pronunciada a paso de tortuga. Belleza marítima, metamorfosis del cuerpo y del alma y momentos encantadoramente oníricos conviven en esta vuelta de tuerca al tema eterno del hombre y la bestia, su lucha y su reconciliación. Con el leitmotiv de los ciclos naturales —día y noche; bonanza y catástrofe; nacimiento y muerte—, ‘La tortuga roja’ es un canto a la renovación de la vida y la aceptación de la marea impredecible de dolores y alegrías: el mar se va, pero siempre vuelve, y no nos necesita. ¿Acaso no es tranquilizador?

3. Déjame salir
Nota: 8
Resultat d'imatges de dejame salir escorpionadas

El mal llamado cine negro no ha cesado de darnos alegrías; y a veces sustos. La versión hipnótica de ‘Adivina quién viene esta noche’, el reverso aterrador de yerno-conoce-a-suegros, es este fantástico thriller americano que nos tiene pegados a la pantalla como cochinos y por el camino pega una buena sacudida a la caspa blanca y progre de U.S.A., antitabaco, ortoréctica y potencialmente votante de Hillary Clinton, Dirigida con precisión por un treintañero, con actores monumentales y un guiño a lo más añorable de los 70, ‘Get out’ trenza el terror, la comedia y la denuncia social demostrando que la muerte de los géneros es el género del siglo XXI. Se os quitarán las ganas de tomar té, de conocer a la familia política y de confiar en los cirujanos (glups).

4. It
Nota: 8

Resultat d'imatges de it filmVale, el ranking me delata. Adoro el terror. Disfruto pasándolo fantásticamente mal, y de todas la maneras posibles: física, psíquica, o todo a la vez, es decir: It. La nueva adaptación del clásico de Stephen King empieza sin cortapisas, con uno de los prólogos más cortantes, bestias y anticonvencionales que se recuerdan. El miedo a los payasos alcanza su paroxismo monstruoso en una historia a la vez muy ochentera y muy contemporánea, que no teme comportarse como una encantadora comedia preadolescente entre sobresalto y sobresalto. El ramillete de chavales es abracadabrante, con menciones especiales para el judío hipocondríaco y la bella pelirroja que tiene a todo el barrio (incluido el lavamanos) absorbido. El villano Pennywise, horror puro y polimorfo, toma más apariencias que Mortadelo y el genio de Aladdin juntos y es imposible no recordarlo sin su coro de psicofonías infantiles, su dentadura indefinidamente desplegable y su invitación ubicua, desde las profundidades de las cloacas, a que también nosotros flotemos. La buena noticia es que el miedo es el monstruo (el medio es el mensaje), de modo que, muerto lo uno, muerto lo otro.

5. Mother!
Nota: 8

Resultat d'imatges de mother film

Pues sí, tengo debilidad por el terror. No sé si es síntoma de masoquismo o una suerte de paradójica filia a la fobia, pero qué queréis que os diga, en ocasiones veo obras maestras de este género tan maltratado por los críticos, los sustos y también, todo sea dicho, por tantos artesanos de la cutrez palomitera y el estereotipo satánico o fantasmal. Hay quien dice que el terror como forma de arte hizo su testamento vital en las décadas de 1970 y 1980, y que ya poco podemos esperar de nuevo, interesante o sorprendente. Pero discrepo educadamente. Darren Aronofsky nos apabulló con un brochazo expresionista llamado ‘Cisne negro’ (2010) y esta vez vuelve a enfrentar a la mujer a sus peores pesadillas con una obra quizá no tan redonda pero aún más rompedora y original. Si Natalie Portmann descubría la pesadilla del talento en un ballet opresivo y patriarcal, Jennifer Lawrence padece la pesadilla indecible de la maternidad en este experimento cinematográfico que empieza como teatro del absurdo y termina en puro caos escrito. Impecable una vez más, Jennifer se mide con un Bardem convicente e intimidatorio como marido que no querrías tener, y se expone al más contemporáneo de los martirios: la pérdida irremisible de la privacidad, el mundo exterior invadiendo con su ruido ensordecedor el antiguo hogar apacible que ya no es hogar ni apacible.

6. Coco
Nota: 8

Resultat d'imatges de coco film

Las obras magnas de la animación cada vez tienen más acentos y colores, incluso aunque salgan de los estudios californianos hoy más mainstream del mundo. Tras años sin encontrar el equilibrio, entre involuciones medievales —Brave— y probaturas vanguardistas que no acaban de convencer —Inside Out—, Pixar ha vuelto a tocar la fibra sensible apelando a materiales de toda la vida: color, familia y sentimientos. La odisea del joven Miguel para conquistar el canto y soslayar el tabú antimusical de su clan nos lleva por un camino apasionante entre el mundo de los vivos y la Ciudad de los Muertos, paraíso mexicano de los difuntos y réplica latina más que reivindicable al cansino y anglosajón Halloween. No hay aquí miedo morboso a la muerte, sino feliz celebración de los difuntos que gozan del festín de ser recordados por sus seres queridos. Así se entiende y se abraza entonces el barroquismo de nuestros primos mariachis, su retórica dorada y empalagosa que es mucho más sabia que nuestra timidez y recato occidental. Por una vez, el emporio Disney (Disney-Pixar) no mira hacia el sur con ojos coloniales, sino con un cariño aparentemente sincero, capaz de derribar muros y lacrimales. Por cierto, no os perdáis ‘El libro de la vida’ (2014), otra incursión animada al Día de Muertos, producida por Guillermo del Toro, que pasó injustamente desapercibida. Si no sonara falangista y equívoco, diríamos aquello de viva la muerte.

7. Your name
Nota: 8

Resultat d'imatges de your name

Si ‘Coco’ es producto occidental de inspiración mexicana, ‘Your name’ opera a la inversa: toma la mejor ciencia ficción canónica y la viste —y desviste— con ropajes de anime. La fábula de los sexos intercambiados, las paradojas astronómicas, la comedia campo-ciudad y la teoría de los tiempos paralelos se reúnen en esta deliciosa historia romántica, protagonizada por los jóvenes Taki y Mitsuha, prodigio de artesanía analógica y con un uso de la cámara audaz, emocional y creativo que ya quisieran para sí muchas producciones de carne y hueso. Los que hemos crecido con ‘Bola de drac’, ‘Arale’ o ‘Schin-chan’ nos reencontramos con esa guarrería de baja intensidad tan de agradecer, esa incorrección e ingenuidad que los nipones parecen llevar tatuadas en el alma como una calcomanía rosa e indestructible. Algún día habrá que estudiar esta nación admirable y acumulativa que ha conseguido a la vez ser de las más arcaizantes y de las más modernas del planeta, mezclando la saliva de los dioses con la mensajería instantánea sin remilgo alguno. Porque, ¿acaso no había formas no occidentales de ser contemporáneo?

8. Perfectos desconocidos
Nota: 7,5

Resultat d'imatges de perfectos desconocidos film

Moraleja Álex de la Iglesia y M. Night Shyamalan: cuando tienes pocos recursos y menos ambiciones, puedes hacer cosas exponencialmente mejores. El visionario narrador del día de la bestia ya acertó encerrando sus obsesiones en un local de vino y tragaperras —El Bar— y ahora acierta de nuevo encerrándolas en un piso de cuarentones-cincuentones, reunidos en una malhadada noche de eclipse lunar. Como en ‘Un dios salvaje’, las miserias de los comensales van aflorando para mayor solaz del público, que se reconoce terapéuticamente en las pantallas de estos teléfonos de Pandora. El icono de la sociabilidad contemporánea, y a la vez su perverso carcelero, a golpe de whatsapp adictivo, instagram narcisista o paranoica alarma de la chorrada, es el instrumento del Mal —¡ay, quién lo diría, Graham Bell!— en esta brillante pieza de cámara, con secretos cruzados y un elenco entregado a la causa de la comedia ácida, especialmente una Belén Rueda amarga, muy amarga, y un Ernesto Alterio loser hasta la médula, sin olvidar un Eduard Fernández con el que es imposible no solidarizarse o un Pepón Nieto que demuestra que los freakies, que no nos engañen, son los demás (o como diría Manel: Els guapos són els raros).

9. El ciudadano ilustre
Nota: 8

Resultat d'imatges de ciudadano ilustre

Dos accésits para dos películas que no son de 2017 pero que Filmin me ha permitido rescatar —¡gracias!—. La primera, una comedia negra sobre los genios que no son profetas en su tierra, menos aún en tierras tan peligrosamente mitómanas, pasionales y desconfiadas como la de Evita, Maradona o el papa Francisco. El veterano Óscar Martínez, que ya nos puso de rodillas en ‘Relatos salvajes’, es un engreído Nobel de literatura con un pie en la Europa cool (Barcelona) y otro en la Argentina cárnica y profunda, donde moran recelos pueblerinos difíciles de calibrar. El supuesto comité de bienvenida a lo mr. Marshall se va transformando en una guerra sin cuartel entre individuo y sociedad, entre winners sociales y sus antiguas novias y mejores amigos, corroídos por una abrasiva moral de esclavos. Asador argentino de rencores, delitos y faltas, que conviene saborear plano a plano, gesto a gesto, diálogo a diálogo. La cosa acaba como tiene que acabar, como el rosario de la aurora, a no ser que los hábiles bonaerenses nos hayan vuelto a confundir y esto sea el sueño de un escritor, menos genial de lo que cree, que produce monstruos, más reales de lo que sospecha.

10. El congreso
Nota: 8

Resultat d'imatges de el congreso film

Y segundo puesto de honor, para otra perla de animación que huye completamente del canon familiar y disneyano con un asombroso, distópico y lisérgico viaje entre el mundo empírico y lo dibujado. El israelí Ari Folman nos cuenta un porvenir poco agradable donde los actores de carne y hueso serán máquinas oxidadadas frente a sus avatares siempre jóvenes y exitosos. Si ‘Vals con Bashir’, otro sugestivo híbrido estético, utilizaba la animación para escarbar en dramas colectivos —la matanza de Sabra y Chatila, la guerra del Líbano—, ‘El congreso’ nos lanza a un drama futurista poderosamente conducido por las facciones de Robin Wright. La ex novia de Forrest Gump, definitivamente herida y otoñal, transita entre su yo corpóreo y un álter ego que parece salido de la época LSD de los Beatles, confundida entre una multitud de identidades virtuales y caprichosas —los ricos del futuro podrán ser Jesucristo o Marilyn Monroe—, al rescate de un hijo perdido en la Babilonia de la irrealidad. Curiosamente, Folman afianza nuestra fe en los dos lados del espejo: ‘El congreso’ demuestra lo insustituible que es el intérprete real y a la vez lo inimitable que es la animación cuando se pone a escupir mundos quizá no tan imposibles.

 

 

Los ritmos de la lengua

José Antonio Millán González
Tengo, tengo, tengo: Los ritmos de la lengua (2017)

el ritmo somnífero *

Para calmar a un niño recién nacido determinados ritmos son también muy útiles, como sabe cualquier padre que intente dormirle. Aparte de las nanas, un recurso infalible es pasear con él. El ritmo del caminar ha acompañado al niño intrauterinamente, y luego una vez nacido, a lo largo de toda una vida. La historia primitiva de la humanidad se ha escrito caminando, desde las bandas de cazadores-recolectores (siempre en movimiento tras agotar cada terreno, mujeres embarazadas y niños incluidos) hasta las grandes migraciones, que nos llevaron a pie —hay que recordarlo— desde el interior de África hasta la Patagonia, atravesando Europa y Asia. Que el ritmo de la marcha adormeciera al niño ha sido una cuestión fundamentalmente adaptativa.

el engaño del tictac

En otro caso muy familiar, el de un reloj mecánico, el filósofo Agustín García Calvo nos recuerda que creemos percibir dos tipos de sonidos alternantes, como refleja la extendida onomatopeya tictac, cuando en rigor todos son idénticos. Es decir: el ritmo es un constructo mental, que tiene relación con las propiedades físicas de lo que se oye, pero no es idéntico a ellas.

cuando Dios medía el tiempo

Las fórmulas fijas, y más aún las que se recitaban colectivamente, fueron una referencia temporal inequívoca en una época en la que no había una medida mecánica del tiempo. Así, en tiempos de Cervantes (y aun mucho después), la duración del recitado en latín de una oración muy repetida, el «Credo in unum Deum…» se convertía en un estándar compartido por todos. (…) Esta curiosa medida de tiempo se ha mantenido en la tradición oral: en mi infancia era normal oír que el tiempo de hervir un huevo pasado por agua era también el de «un Credo». Del mismo modo, un intervalo brevísimo se convirtió en un santiamén (del remate de muchas oraciones: «Spiritu Sancti. Amen»).

cómo hacemos ritmo

el aparato respiratorio es el instrumento que utilizan los humanos para crear el ritmo verbal, emitiendo aire.

el encanto falaz de las palabras puras

esas palabras extrañas pueden ser también reinterpretaciones de otras mal entendidas. El mismo Unamuno evoca: Recuerdo un canto que empezaba así: Ambo ató, matarile rile rile Sólo mucho más tarde, supe que esas dos primeras misteriosas palabras, que tenían para nosotros todo el encanto que para los niños tienen las palabras puras, las palabras vírgenes, las palabras santas, esto es, las palabras que nada significan, eran la trasformación de las cinco primeras palabras de un cantar francés, de corro, que empieza: J’ai un beau château… En efecto, el origen de este canto de corro español está en la canción francesa J’ai un beau château (‘Tengo un bonito castillo’): J’ai un beau château. Ma tante tire lire lire Ah mon beau château. Ma tantirelirelo.

el rigor jurídico del juego: “¡no es así!”

quienes recitaban estas cancioncillas tenían que respetar su forma escrupulosamente: Las fórmulas de juego son como las Escrituras, en las que no hay que cambiar ni una jota ni una tilde. Incluso las inconsecuentes cancioncillas infantiles se deber recitar en la forma en que por primera vez se hicieron familiares. (…) Aquí es inevitable recordar la experiencia que tiene cualquier padre o persona que trate con niños pequeños: éstos exigen que algo que se les ha contado o cantado sea repetido luego exactamente (y si no, proferirán como airada protesta un «¡No era así!»). (…) Aquí es inevitable recordar la experiencia que tiene cualquier padre o persona que trate con niños pequeños: éstos exigen que algo que se les ha contado o cantado sea repetido luego exactamente (y si no, proferirán como airada protesta un «¡No era así!»).

el nada inocente conejo ‘de la suerte’

un sistema para modificar el resultado era sencillamente enlazar dos o más canciones de contar, hasta que el final señalara a la persona deseada.

los tres ritmos del juego

se produce la confluencia de tres ritmos: el métrico de la palabra, el musical, y el de las acciones.

el origen mágico del refrán

el ensayista español Rafael Sánchez Ferlosio ve en los refranes «un cajón de sastre en que convergen o del que divergen varias cosas no poco heterogéneas». Y que además no sirven para lo que parecen: [hay] un inmenso acervo de refranes que, formalmente, pueden tener más o menos aspecto de consejos o bien de previsiones, pero que hacen sospechar muy fuertemente que antes que guías para la acción o avisos de lo que cabe esperar de los indicios que enuncia su premisa, para obrar en consecuencia, son, en verdad, fórmulas mágicas, exorcizadoras, para tener respuesta, para al menos no quedarse con la palabra en la boca, frente a lo ineluctable.

los niños aprenden espacio, pero… ¿cómo aprender tiempo?

Cuando, en 1980, se editó uno de los primeros libros dedicados a la relación de la música con la mente y el cerebro, lo prologó el creador del concepto de «inteligencia artificial», Marvin Minsky. Y ésta fue su asombrosa propuesta: La geometría es práctica —por ejemplo, para construir pirámides—, pero ¿para qué sirve el conocimiento musical? He aquí una idea. Los niños pasan días interminables de formas curiosas. Lo llamamos «juego». Juegan con bloques y cajas, apilándolos, y metiendo unos dentro de otros; los apilan en una torre y luego la tiran. ¿De qué va todo esto? Claramente, ¡están aprendiendo espacio! ¿Pero cómo demonios aprende uno tiempo? ¿Un tiempo puede caber dentro de otro?, ¿dos de ellos pueden ponerse al lado? En la música lo descubrimos…

definición del proverbio

palabras rimadas o ritmadas que se pronunciaban con solemnidad.

importancia social del trabalenguas

como bien opinaba (aunque un tanto enfáticamente) un recopilador en 1882: No es insustancial juego de niños el trabalenguas, sino ejercicio gimnástico de suma importancia, porque tiende a desarrollar el órgano que más poderosamente ayuda a la vida de relación.

canciones de hacer rabiar y su etimología animal

Al lado de las canciones infantiles de juego hay otras que están destinadas a propósitos menos nobles, por ejemplo, a hacer rabiar al otro. (…) Curiosamente, tanto el chinchar como el rabiar tienen en su origen dos molestias de origen animal: las que provocaban respectivamente las chinches, insectos que infectan las camas, y la rabia, enfermedad de los perros y otros animales.

sol sol mi-la sol-mi: la fórmula musical para hacer rabiar

Lo curioso es que el mero soniquete, sin palabra ninguna, sirve también específicamente para hacer rabiar. En español tiene frecuentemente esta forma: (na) na, na-na, naaaa-na que, si nos damos cuenta, tiene el mismo número de sílabas y ritmo que el «rabia, rabiña» (versión breve) o el «chivato, acusica» (la larga). Personas que saben música me han informado de que su melodía es algo así como (sol) sol mi-la sol-mi. Es también muy interesante el hecho de que cualquier frase vertida en el molde de este ritmillo se convierte en fuente de provocación: ¡Tengo una pelo-ota y tu no-o! Estos soniquetes de hacer rabiar abundan en forma similar en muchas lenguas, con o sin aditamento de palabras. En francés, por ejemplo, es nananère, y en inglés suena como «ña ña ña ña»… Sí: también en este caso ha podido haber transvases de una lengua a otra, y resulta divertido imaginar contextos en los que un niño inglés aprendía a hacer rabiar de labios de uno español, o viceversa…

la mala traducción del ‘hasta luego cocodrilo’

—Hasta luego, carahuevo. Que de nuevo tiene un equivalente en inglés, procedente quizás de una canción popular: —See you later, alligator.

fórmulas rítmicas para la conversación

Otros pareados funcionan como conectores oracionales que indican cambio de tema: A otra cosa, mariposa. O cierre enfático: De eso nada, monada.

la lógica fonética de los niños

Oigamos de nuevo a Claudio Rodríguez: Lo primero que choca cuando se oye una canción de corro es la preponderancia del elemento fónico sobre el elemento lógico. He aquí la clave de la canción infantil. Se podría hablar incluso de una «lógica fonética» como sucede en poesía. (…) De su influencia brotó el dadaísmo, que se centró en lo poético, y quiso intentar la «“poesía sin palabras” o poesía fonética». Para el dadaísta Hugo Ball, en el precursor Cabaret Voltaire de Zúrich: Con la poesía fonética se renuncia de entrada a una lengua corrompida por el periodismo y hecha imposible. Que nos alejemos hacia la alquimia más íntima de la palabra, que abandonemos incluso la palabra misma para así preservar la región más sagrada de la poesía.

la asombrosa pervivencia de las culturas infantiles

El patrimonio cultural de los niños —las reglas del corre-que-te-pillo, la melodía y las letras para hacer rabiar […]— pasan de niño en niño, a veces a lo largo de miles de años (…). La desaparición de la sociedad tradicional habrá terminado, quién lo duda, con muchas actividades ligadas a los juegos y a la transmisión oral, pero asombrosamente, las culturas infantiles siguen manteniendo una gran autonomía. La escuela ha aprovechado la inclinación infantil al ritmo para influir ideológicamente a los niños, por ejemplo, introduciendo canciones y juegos patrióticos y religiosos en la época de Franco, o intentando desterrar otros considerados machistas en la actualidad.

canciones del trabajo: la función acompasadora

Las voces de acompasamiento pueden provenir de alguien externo a la realización del ejercicio (como el cómitre de las galeras, que a golpes de tambor marca el ritmo de la remada), pero muchas veces es el propio grupo de trabajadores el que las emite. De esa manera, la vocalización espontánea, fruto del esfuerzo (intente el lector desplazar un gran peso sin emitir al tiempo un sonido), se puede convertir en palabras portadoras de una idea de ánimo, tal vez incluso de autoánimo, como «¡Vamos!», y a la vez de sincronización. Cuando, a lo largo de todo el mundo, esas emisiones vocales dan lugar a las canciones llamadas «de trabajo», la música puede servir además para alegrar el corazón de los trabajadores, y las palabras pueden expresar un mensaje de aliento, de nostalgia o de queja. Nuestra lengua conserva huellas fósiles de la relación de los movimientos colectivos con el sonido, como en la expresión «al unísono». (…) Muchas culturas en diferentes lugares del mundo han apelado a canciones para organizar sus tareas, para consolarse o sencillamente para disfrutar con la música.

ritmos fachas

De mis ya lejanos tiempos de estudiante universitario recuerdo una pintada amenazante escrita por los extremistas de derechas: Ojo, rojo, que te cojo.

todos hablamos en metro y ritmo

están presentes en casi cualquier texto. El poeta modernista Salvador Rueda (…) todo lo que nuestros ojos leen y todo lo que nuestros labios hablan es metro y ritmo. No estarían muy lejos de esta opinión las palabras de Octavio Paz: En el fondo de toda prosa circula, más o menos adelgazada por las exigencias del discurso, la invisible corriente rítmica.

consejo literario de Gary Provost: ¡escribe música!

¿Qué más puede haber en un texto en prosa? Muchas cosas, y no todas están bien estudiadas. Los libros que tratan sobre escritura, escritura creativa, redacción y cosas por el estilo intentan dar algunas claves que puedan resultar útiles para quien intenta crear un texto efectivo. Un famoso autor de este tipo de obras es Gary Provost. (…) Los siguientes párrafos los he traducido y adaptado: “Esta oración tiene once sílabas. Ahora escribo otra también de once. No es que estas oraciones estén mal… Pero seguidas se hacen muy pesadas. Pon la oreja y escucha lo que pasa. El texto se ha vuelto muy aburrido. Es como si fuera un disco rayado. El oído pide cierta variedad. Ahora escucha. Varío la longitud de las frases y creo música. Música. La escritura canta. Tiene un ritmo agradable, una cadencia, una armonía. Uso oraciones cortas. Pero también oraciones de longitud media. Y a veces, cuando estoy seguro de que el lector está relajado, lo atrapo con una oración de longitud considerable, una oración llena de energía que avanza hasta un crescendo, un redoble de tambores y el golpe de platillos final, y estos sonidos te dicen que escuches, que es importante. De modo que escribe usando frases cortas, medianas y largas. Crea un sonido que el lector pueda escuchar con placer. No te limites a escribir palabras. Escribe música”.

‘Ob-La-Di, Ob-La-Da’: ¿un universal rítmico?

Por lo general ambas terminan en sílaba aguda, pero si la primera acaba en llana, la segunda lo hace inevitablemente en aguda (…) Guillén («Yambambó, yambambé»), y en cantos deportivos («¡A la bi, a la ba!»). Por supuesto, aparecerá también en otros muchos lugares, desde la conocida canción infantil de mecer «Aserrín aserrán» al «Ob-La-Di, Ob-La-Da» de los Beatles. ¿Nos encontraremos aquí frente a una especie de universal rítmico?: una estructura de repetición ligada a palabras sin sentido, que fascina en muy distintos usos, y que tal vez esté presente en diferentes lenguas del mundo.

el ritmo, mensajero de lo arcaico

¿Qué sensación transmiten al oyente los elementos rítmicos en función lúdica, mágica o proverbial? Con ellos el oyente tiene la sensación de que está ante algo transmitido desde un pasado remoto, de que está en contacto con una realidad de un orden diferente. (…) Alejo Carpentier veía en los pregones callejeros «las cosas más misteriosas», «obscuras supervivencias, tradiciones de origen remoto». (…) [Octavio Paz*: «Aunque el poema no es hechizo ni conjuro, a la manera de ensalmos y sortilegios el poeta despierta las fuerzas secretas del idioma».

*Los títulos que encabezan los fragmentos son del autor del blog