La era de los Forrest Gumps

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Slavoj Žižek
En defensa de la intolerancia (2007)

Este y Oeste: la decepción recíproca de Europa

El paso del socialismo (…) al capitalismo (…) se ha producido ahí [en Europa oriental] mediante una serie de vuelcos cómicos que han sumido el sublime entusiasmo democrático en el ridículo. Las muy dignas muchedumbres germano-orientales que se reunían en torno a las iglesias protestantes y que heroicamente desafiaban el terror de la Stasi,se convirtieron de repente en vulgares consumidores de plátanos y de pornografía barata; los civilizados checos que se movilizaban convocados por Vaclav Havel u otros iconos de la cultura, son ahora pequeños timadores de turistas occidentales… La decepción fue recíproca: Occidente, que empezó idolatrando la disidencia del Este como el movimiento que reinventaría los valores de la cansada democracia occidental, decepcionado, desprecia ahora los actuales regímenes postsocialistas, a los que tiene por una mezcla de corruptas oligarquías ex comunistas con fundamentalismos étnicos y religiosos (ni se fía de los escasos liberales: no acaban de ser políticamente correctos; ¿dónde está su conciencia feminista?, etc). El Este, que empezó idolatrando a Occidente como ejemplo a seguir de democracia bienestante, se ve atrapado en el torbellino de la desbocada mercantilización y de la colonización económica. Entonces, ¿mereció la pena?

la libertad ciega: todos somos Forrest Gump

Lejos de experimentarse como liberadora, esta tendencia a tomar las decisiones con precipitación es, otra vez, vivida como un riesgo obsceno y ansiógeno, una especie de inversión irónica de la predestinación: soy responsable de unas decisiones que he debido tomar sin contar con un conocimiento adecuado de la situación. La libertad de decisión del sujeto de la “sociedad de riesgo” no es la libertad de quien puede elegir su destino, sino la libertad ansiógena de quien se ve constantemente forzado a tomar decisiones sin conocer sus posibles consecuencias (…). Recordemos aquí el personaje de Forrest Gump, ese perfecto “mediador evanescente” (…): Gump es el espectador inocente que, sin hacer más que lo que hace, provoca cambios de proporciones históricas. Visita Berlín para jugar al fútbol, envía por descuido la pelota al otro lado del muro y da inicio al proceso que acabará con su caída; visita Washington, se hospeda en el complejo Watergate, en plena noche advierte de cosas raras en las habitaciones al otro lado del patio, llama al vigilante y desencadena los acontecimientos que darán con la destitución de Nixon: ¿no es acaso la metáfora misma de la situación que celebran los seguidores de la noción de “sociedad de riesgo”, una situación en la que los efectos finales escapan a nuestra comprensión?

hablar sin cesar para que lo importante no sea molestado

El ámbito de las relaciones capitalistas de mercado constituye la “otra escena” de la supuesta repolitización de la sociedad civil defendida por los partidarios de las “políticas identitarias” y de otras formas posmodernas de politización (…) (derechos de los homosexuales, ecología, minorías étnicas…), toda esa incesante actividad de las identidades fluidas (…) nos remite, en definitiva, al neurótico obsesivo que o bien habla sin cesar o bien está en permanente actividad, precisamente con el propósito de asegurarse de que algo –lo que importa de verdad- no sea molestado y siga inmutable. El principal problema de la actual postpolítica, en definitiva, es que es fundamentalmente interpasiva.

el nuevo capitalismo: todos somos colonias

En un principio (…) el capitalismo se quedaba en los confines del Estado-nación, con algo de comercio internacional (intercambios entre Estados-nación soberanos); vino después la fase de la colonización, en la que el país colonizador sometía y explotaba (económica, política y culturalmente) al país colonizado; la culminación de este proceso es la paradoja de la colonización: solo quedan colonias y desaparecieron los países colonizadores; el Estado-nación ya no encarna el poder colonial, lo hace la empresa global. Con el tiempo, acabaremos todos no ya solo vistiendo camisetas de la marca Banana Republic, sino viviendo en repúblicas bananeras.

 

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