En la noche dichosa

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La Magdalena penitente, llamada La Magdalena de las dos llamas o La Magdalena Wrightsman. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Joan Pau Inarejos

¿Quién no ha notado que cierta noche, cuando todo estaba en calma, recibía una inspiración especial para estudiar, para culminar cierto trabajo o para decir las palabras exactas? ¿Quién no ha percibido que se sentía más liberado o más sereno, misteriosamente investido de poder o graciosamente desinhibido cuando ha atravesado el ecuador de las doce y más allá?

La noche cancela el tiempo social, allana los requerimientos de la prisa y la productividad. Hay una luz propia de la noche oscura, como vio San Juan de la Cruz (“aquesta me guiaba / más cierto que la luz del mediodía”). Durante el día cargamos el fardo de competir con los demás y arrastramos esa bulimia, tan nuestra, de llenar el tiempo a toda costa, sea con acciones, sea con incansables proyecciones, expectativas, mapas mentales, cuando no pura melancolía por no ser lo que no nos hemos propuesto. La noche acaba con todo esto.

“Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos. Pero la noche llega y comienza a cantarme. La luna hace girar su rodaje de sueño”. Pablo Neruda cuenta así el poder reparador de lo nocturno, una suerte de mecanismo embelesador —el rodaje de sueño— que se activa puntualmente para despertar en nosotros un nuevo ser. “És quan dormo que hi veig clar”, confiesa J. V. Foix, abundando en esa forma de conciencia extraña que sobreviene con el ocaso. “Ja s’han fos tots els anhels del dia”, dirá Josep Maria de Sagarra, cuando invita a su amada a caminar bajo las estrellas.

Si hay un despertador matutino —el canto del gallo o el berrido del smartphone—, quizá también hay un despertador vespertino, más psíquico que físico, el que nos prepara, paradójicamente, para el descanso, derogando, una por una, todas las disposiciones jurídicas de nuestro Yo consciente, todas las secuelas de esa ilusión que podemos llamar tiempo lineal o ficción progresiva: yo soy, yo hago, yo tengo más que ayer.

Tal vez el anochecer, cada anochecer, sea una pequeña muerte, como dicen los franceses sobre el éxtasis sexual. Creemos que viviremos para siempre, pero nuestra quimera se desmorona cíclicamente, como un sabio aviso de la naturaleza, cuando el cuerpo y la luz declinan. Morimos cada día un poco. Morimos a nuestro tiempo, a nuestro ruido civilizatorio, para entrar en otra temporalidad. La noche nos enseña que no tenemos nada y que ese es nuestro triunfo secreto. Con ella nos hacemos eternos sin saberlo.

Este aflojamiento, este magisterio de desacoplamiento y rendición de la voluntad (“estando ya mi casa sosegada”, San Juan de la Cruz) suele tener como fin el descanso físico, el dormir. Es lo que hacen los mamíferos. Pero a veces decimos no. A veces nuestra caprichosa libertad, nuestro afán exploratorio, establece un hiato entre la vigilia y el sueño, conseguimos vencer heroicamente el letargo, y entonces entramos como polizones en un reino que no es el nuestro.

De ahí la sensación de paz profunda y a la vez de asombro que transmiten las pinturas nocturnas de Georges de La Tour (1593-1652), escenas apenas iluminadas por la llama frágil de una vela o un candil. Como saben los cineastas y los escenógrafos, estos focos artificiales y laterales suelen resaltar mucho más las figuras en comparación con la luz natural, captan mejor su intimidad, individualidad y presencia dramática. Su gravedad.

En los personajes del pintor lorenés es evidente: La Tour consigue una limpidez perfecta, un aire casi de suprarrealidad —el que ansiaban los surrealistas: recordemos que lo verdaderamente onírico es lúcido y preciso, no caótico y borroso—, una verdad mística que simplifica formas y colores, como si al autor le diera pereza detenerse en las descripciones de la luz solar y sus texturas anecdóticas. Al igual que los bodegones y cuerpos extáticos de la pintura española —Zurbarán, Velázquez—, la quietud mineral y la ausencia de nieblas y distracciones hace que las figuras parezcan de otra dimensión. Esencia y no contingencia.

María Magdalena contempla la llama doble, frente al espejo, y tiene una calavera sobre el regazo, como quien acaricia a un animal de compañía (Jean-Patrice Marandel). Los cabellos lacios, el escote suave, el reposo de manos y rodillas: todo en la representación de la pecadora arrepentida rezuma un atractivo sosegado y sin abalorios, una subjetividad sorprendentemente moderna. La Magdalena incluso nos hurta su fisonomía —algo tabú en la pintura clásica y que nos descubrirán la fotografía y los artistas románticos—, con el gesto de volverse hacia el interior del cuadro. Mensaje: lo esencial no es ni siquiera la identidad del personaje plasmado, sino algo que está más allá, o más adentro.

Hay quien cree —como Jacques Tuillier—, que La Tour “no ama el mundo*”, y por eso se recrea en esas escenas de soledad nocturna, en esos entornos físicamente indeterminados, atmósferas grises y ocres que nunca nos informan de donde estamos. Pero no es exactamente tristeza, amargura o hastío lo que emana de sus lienzos; no es una huida desengañada del mundo. Es más bien una tranquilidad docta y cristalina, alimentada por la noche. Iluminada por dentro.

 

*’Georges de La Tour’. Catálogo de la exposición el Museo del Prado de Madrid (2016). Edición a cargo de Dimitri Salmon y Andrés Úbeda de los Cobos.

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