Lo mejor leído en 2017

1. Presencias reales: ¿hay algo en lo que decimos?
George Steiner (2007)

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Es ya un ritual: año tras año, me sumerjo en la palabra de Steiner, en su prosa espiral, experta en dar vueltas y vueltas sobre puntos ciegos y —quizá— secretamente viciosa de las no respuestas. Al casi nonagenario humanista se le nota que le gusta ventilar todos los interrogantes filosóficos, todos los escondrijos del lenguaje, por el puro gusto de verbalizar, por la ambición barroca de enseñar cuán ingente es lo que ignoramos pero podemos empalabrar. Ahora que vivimos en el silencio desdeñoso, en el derrotado da igual o el capitulador no te ralles, es un placer exótico comprobar cómo Steiner va pelando la enorme naranja de la estética, del posible más allá, de la vigencia —ajada y bostezante— de lo poético; a pesar de tantos desencantos.

Esta vez, el pensador austro-franco-americano —hasta su nacionalidad es un rizo—, se pregunta, bien acompañado por los poetas modernos (Mallarmé: “La rosa es la ausencia de toda rosa”, la palabra no designa al mundo sino que paradójicamente lo expulsa), por Wittgenstein (“lo mejor de nosotros guarda silencio”) y como siempre por el Antiguo Testamento (el lamento de Job: “¿por qué no estaba yo en el principio?”, el eterno reproche de la criatura al creador, la envidia masculina hacia Dios), se pregunta, decíamos, si hay algo real, auténtico, encerrado en lo que decimos o bien ese decir es una pura fantasmagoría (un “salto en la oscuridad”, Saul Kripke dixit) que, como mucho, nos permite la alegría fugaz y transgresora de “bailar frente al Arca vacía” (otra vez la melancolía bíblica).

¿Hay algo en lo que decimos? Bien cómodo en su personaje de abogado del diablo literario, Steiner nos abruma con bandazos argumentales constantes, posicionándose ora con unos, ora con otros. De un lado, constata la rápida caducidad del lenguaje frente al vendaval de la ciencia; acabamos hablando con un montón de “metáforas envejecidas” (lo más obvio: aún decimos que el sol “sale” y “se pone”, siglos después del giro copernicano), como orgullosos aristócratas del mundo de ayer, dando la espalda a un mundo que nos va refutando. El lenguaje es pobre. De otro lado, es muy poderoso: “una palabra”, una sola palabra, “puede estropear una relación humana”: tan afilados son los “cuchillos del decir”, irrealidades que crean y cancelan realidades a cada minuto.

Tan escurridiza, lesiva y revolucionaria puede ser esa ficción eficaz que llamamos lenguaje (los cuchillos del decir), que los guardianes de la rectitud de todas las épocas se han ocupado concienzudamente de encerrarlo bajo siete llaves: los ortodoxos son justamente los que se dedican a puntuar los textos, los que cincelan sus enojosas ambigüedades, los que ponen el punto final a la frase, frente a la semiosis ilimitada y los perversos puntos supensivos de los herejes, es decir, aquellos que se empeñan en releer y reescribir, una y otra vez, los textos sacros —religiosos o no— de la cultura. Abrirse o encerrarse, he aquí el dilema decisivo de todo sistema cultural, siempre preocupado por sus grietas. El afán teórico, dice Steiner, es “impaciencia sistematizada”. No así lo poético, lo ambiguo, que nos enfrenta a las morosas humaredas del ¿y si? del te imaginas, de la verdad que a veces se agota y necesita salir a tomar el aire (Braque: “las pruebas cansan a la verdad”). Steiner acusa al mundo actual, teórico, periodístico, achatado, pragmático y sintetizador, de tener miedo al resplandor poético, a su capacidad de “tambalearnos” y desestabilizarnos para de este modo “asirse en nosotros” y acompañarnos para siempre como una oscura tentación.

Al fin, el ensayo sueña con un lenguaje “desinvestido del mundo”, la utopía mística de un verbo que se aproxima a la música, a esa abstracción emocionante, o infinitesimal cálculo sin calculador (Leibniz: “La música es una aritmética secreta del alma ignorante del hecho de que está calculando”), una esperanza judaizante en un espíritu que no necesita nombrarse a sí mismo (yo no tengo nombre, soy el que soy, dice el Dios de la zarza ardiente). De aliento optimista, Steiner se pregunta si el cacareado divorcio palabra-mundo no será quizá, como todo epílogo, un nuevo prólogo para la humanidad, y concluye que vivimos en el Sábado Santo, uno de los días más misteriosos y menos comentados de la historia sagrada, el día de la sepultura de Cristo y de la esperanza enterrada, el único día donde es posible la poesía, de todo punto inmoral en el Viernes Santo, en Auschitz, y completamente innecesaria en el Domingo de Resurrección —donde ya todo lo veremos cara a cara, nos dice san Pablo—. En ese Sabbath sereno, entre “la carne que sabe a ceniza y el espíritu que sabe a fuego”, discurre nuestro caminar.

2. No somos refugiados
Agus Morales (2017)

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Empecemos por el método: el gran periodista, amigo y escritor —no necesariamente en este orden— Agus Morales tiene su propio truco para adentrarse en el mundo hostil e ingobernable que nos ha tocado vivir —a unos más que a otros—: “hacerse ambiente”. En el drama sirio, en la masacre del Mediterráneo o en los oscuros albergues mexicanos, colmados de migrantes recelosos, decide suspender cartesianamente el juicio periodístico, el irrefrenable deseo colonizador del intelecto occidental, para sencillamente “camuflarse”, ser uno más, vencer resistencias. Soy ambiente, me hago ambiente.

Lección de humildad oriental en un libro donde caben casi todas las crisis socioeconómicas contemporáneas en las que Agus ha conseguido estar presente con un sorprendente don de la ubicuidad para la edad que confiesa. La caza y captura de Bin Laden, el fracaso de Sudán del Sur, los remotos mundos de Extremo Oriente, el ébola… no hay territorio herido que el fundador de 5W no haya pisado con veloz determinación (paréntesis personal: en la universidad siempre le decía que me recordaba a los virus animados de ‘Érase una vez el cuerpo humano’: pelo erizado, actitud de bólido, voluntad de acero para colarse bajo las pieles de un mundo enfermo). Y la buena noticia es que sí: nos lo cuenta todo.

Libro de relato y tesis, donde creo muy subjetivamente que late un poeta-filósofo más que un cronista puro y duro, ‘No somos refugiados’ da por sentado que hemos entrado en un nuevo mundo, violento y descabezado, donde “fracasa la paz más que triunfar la guerra”, y en el que los chivos expiatorios, las víctimas perfectas, son esos miles y miles de refugiados que esta recopilación de historias —empezando por el título— se niega a admitir como tales. En realidad, razona Agus con desarmante claridad, la gran mayoría de los que consideramos refugiados no lo son, bien porque no han podido salir de su país, bien porque están en un eterno y kafkiano proceso de obtención de asilo, bien porque están desarraigados de una tierra en la que nunca han estado (ese palestino que añora Palestina sin haberla pisado). Hay más tedio que tragedia, más largo plazo que épica del instante en las vidas de todos estos no-refugiados, síntomas andantes del futuro que nos espera, gentes que no viven, como creemos, injertos en el drama, sino que se autoorganizan, se autoayudan, tienen sentido del humor y necesidades muy parecidas a las nuestras, empezando por ese nuevo maná que son las comunicaciones digitales (dice Agus: si mañana hubiera un bombardeo en Barcelona, lo último que me dejaría es el móvil).

‘No somos refugiados’ se detiene en detalles hermosos: Praise, ese bebé rescatado de las aguas cual Moisés, que ilumina el barco de rescate con su mirada ilimitadamente curiosa (el ojo es la lámpara del cuerpo, dice Jesús). Pero también cartografía paisajes abstractos de dolor y desolación, con una certera observación sobre lo diferentes que son estos panoramas ruinosos según quién esté detrás: la mano humana o la naturaleza. Cuando hay un tifón o un tsunami, la destrucción es homogénea y ciega; frente a un hospital bombardeado, en cambio, se aprecian estragos desiguales, la veleidad caprichosa que tiene y ha tenido siempre el Mal cuando pasa por las casas de los inocentes (“parecían obra de un mismo pintor atormentado”).

El ojo crítico moraliano rota 360 grados y se posa también sobre el mundo supuestamente intocable del humanitarismo, las ONG y las políticas de cooperación de los estados. Los malos diagnósticos, advierte Agus, arruinan países; considerar que hay una crisis humanitaria o bien una crisis de desarrollo no es baladí; puede afectar decisivamente el rumbo de un país vulnerable (caso de República Centroafricana). Fomentar la compasión o la catalogación de estos seres humanos como meros refugiados, fugitivos o puras víctimas de lo inevitable acaba mermando su dignidad y sus derechos. Quizá no hay que darles pan, quizá hay que comer con ellos. Me hago ambiente.

Dos apuntes del subsuelo para entender la piscología (no) refugiada. Primero: muchos desean y esperan paradójicamente la violencia porque saben que forma parte de su periplo y quieren quitársela de encima cuanto antes mejor (‘ya me han pegado: puedo seguir adelante’). Y segundo: en situaciones extremas, aflora la identidad y la religión, tan denostadas por las mentes modernas y marxistas, y pese a todo resilientes, tozudas como un bumerán. Ser musulmán, latino, chií, cristiano africano o pastún puede ser repentina y urgentemente importante en un campo de refugiados donde no abunda el pan ni la solidaridad, y en cambio las adhesiones grupales funcionan como galvanizadores simbólicos. Toma nota, Occidente descreído; consideradlo, profetas de la post-humanidad y el fin de las identidades.

Agus se hace ambiente y nos hace ambiente en esta malla de relatos por el mapamundi, donde no siempre —ni todo— está tan claro como quisiéramos. El periodista se mueve en una “delicada red de silencios y secretos”; la víctima y el granuja se confunden; el traficante y el esclavo a veces no son fácilmente reconocibles; el espía y el activista guiñan el ojo en diagonal. En un mundo sin manuales, sin parámetros, donde gana terreno día a día la teoría del caos, este humilde y clarividente periodista de El Prat de Llobregat busca la verdad última del dolor, el único y verdadero átomo social que se resiste a ser deconstruido, neutralizado o lanzado a la fosa posverdadera. El dolor no tiene réplica posible. Así habla un joven moribundo, libremente interpretado por un emocionado médico-escritor en Sudán del Sur:

“Quiero otro bolo de morfina —por favor, enfermero. Habla con el médico y pónmelo. O no hables con nadie y pónmelo. O mejor, no me lo pongas y habla conmigo. Nadie habla conmigo, solo me preguntan cómo estoy, sabiendo que no tengo respuesta, porque no tengo energía para responder. Hacen como si hablan pero no hablan, hacen su trabajo que no es hablar (…) Refugiados detrás de vuestros objetos de médicos y enfermeros, os alejáis de mi piel porque cada vez está más fría”.

3. Poesies
Màrius Torres. A cura de Margarida Prats. (1935-1941)

Hay películas que merecen ser vistas por una escena rutilante, y a veces un libro entero vale un solo poema, sin desmerecer a los que aguardan en otras páginas con tinta pálida y voluntariosa. Tuve esa sensación un poco culposa cuando leí por primera vez al poeta de Lleida Màrius Torres (1910-1942), alma sensible y clasicista, atravesada por la música y la enfermedad, a cuyo descubrimiento siempre me había invitado el buen amigo Lluís Mata. En 1937, con tuberculosis, precozmente ingresado en un sanatorio, Torres eleva esta maravillosa plegaria, el sueño febril de convertirse en un instrumento —la melomanía, siempre presente— preciso y afinado frente a los pecados, verborreas y debilidades del lenguaje humano, tan insuficiente.

Sóc tan sovint com una corda fluixa i vençuda
que vibra malament!
Amb ritme feixuc, engavanyat i lent,
àtona, corrompuda,
corda desafinada, la meva ànima ment.
Quants cops l’hauria volgut muda
per no sentir la música falsa del seu accent!

Senyor, ¿Tu no voldries
reblar les torques dels meus extrems afeblits
perquè mai no s’afluixin les meves melodies?
Jo vull ésser constant en els plors i en els crits,
i cantar sempre igual, ignorant les follies,
els delers, els neguits,
el corb que sobrevola l’estepa dels meus dies…
Jo vull ésser com tu, o corda que diries
que sempre et polsen uns mateixos dits.

4. Tengo, tengo tengo. Los ritmos de la lengua
José Antonio Millán (2017)

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Escribir sobre cosas pequeñas suele dar resultados grandes. Cuando los escritores se amarran a lo cotidiano, vecinal y doméstico, surgen chispas de verdad, no hay peligro de exceso o pedantería, no hay espacio para la quimera intelectual. El lingüista y traductor José Antonio Millán nos circunscribe en el patio del colegio, en las factorías obreras o en los más íntimos aposentos maternofiliales para descubrir lo enraizado que está el ritmo, la música de las palabras, en todas nuestras comunicaciones. Como el personaje de Molière que se sorprendía por haber hablado toda la vida en prosa sin saberlo, nosotros no deberíamos sorprendernos de lo que afirma Millán con rotundidad profesoral: que todos hablamos en metro y ritmo (Octavio Paz lo dice con más volutas: “En el fondo de toda prosa circula, más o menos adelgazada por las exigencias del discurso, la invisible corriente rítmica”).

Y como prueba, “a las cosas”, que dirían Husserl y los fenomenólogos. Para darnos cuenta de que el ritmo es un constructo mental, y a la vez nuestra manera natural de descodificar el mundo, basta escuchar un reloj de cuco, dice el filósofo Agustín García Calvo. El reloj nos da en realidad dos sonidos equivalentes, idénticos (tic-tic, toc-toc), y sin embargo nosotros interpretamos “tic-tac” y creamos sin darnos cuenta estas onomatopeyas de alternancia para ordenar la gran cacofonía del mundo exterior. Todo ritmo es un artificio para convertir la materia en lenguaje, la vida monótona en algo bailable. Como vemos, esto no solo ocurre en las composiciones musicales o en la literatura: está implantado en todos nuestros actos de habla, especialmente los más aparentemente espontáneos e infantiles, cuando estamos tanteando el aprendizaje de la lengua.

Y aquí llega otro tema aparentemente banal: los trabalenguas. Millán razona su pervivencia a lo largo de los siglos porque al fin y al cabo son una forma de entrenar nuestra herramienta social más importante, el lenguaje, ergo la fonética. Bajo la anécdota de los tres tristes tigres o de aquel Pablito que clavó un clavito anida un trabajo secreto de adiestramiento mente-habla, de ordenación de las ideas mediante su única encarnación conocida, las palabras y sus polimorfos fonemas y sememas. En el juego infantil, lo menos competitivo y severo que podamos echarnos a los ojos, es donde el autor cree hallar la gran educación del lenguaje, porque es allí, en la comba, en los palmeos o en el nada inocente conejo de la suerte donde confluyen los tres ritmos de toda comunicación humana: el métrico de la palabra, el musical —el principio melódico— y el de las acciones —la pragmática: todo juego tiene un ritual y unas reglas—. El juego, como dice el sabio aforismo, es lo más serio que existe. Su rigor jurídico lo atestiguan los participantes, cuando algún listillo se sale por la tangente y se entona el indignado: ¡No es así! No es. Y solo bajo esta óptica, constata Millán, como un aprendizaje arcaico, se puede explicar la asombrosa pervivencia de las culturas o subculturas infantiles, de generación en generación e ignorando modas, incluso en este siglo XXI marcado a fuego por la desastrosa crisis de la oralidad.

Metido hasta las cejas en curiosas pesquisas microculturales, el autor observa que el Ob-La-Di Ob-La-Da de los Beatles es un posible universal rítmico (llamadlo tararí-tarará: en inglés o en castellano, el caso es que reconocemos su misma estructura dando forma  a miles de frases y canciones) y se atreve incluso a poner sobre partitura las no menos universales cancioncillas de hacer rabiar, que, al parecer, se resumirían siempre en un irritante sol-sol-mi-la-sol-mi (a que no me pillas, cara de papilla y análogos). Rabiar, chinchar, perros, insectos: siempre la etimología animal cuando se trata de despertar la susceptibilidad lingüística más primitiva del prójimo.

El veterano lingüista madrileño ve ritmos por todas partes, impregnados en los actos más prácticos y cotidianos: adormecer a un bebé —toda nana es hipnosis musical—, acompasar el trabajo en las fábricas o en las oficinas —la caricatura elocuente es el Hi Ho! de los siete enanitos de Blancanieves, pero todos lo practicamos, no hay más que fijarse— o bien animar un grupo de afinidad —desde los cantos deportivos hasta las rimas propagandísticas, como el fascista y risible “ojo, rojo, que te cojo”—.

Creemos que decimos palabras, pero hacemos música. “Crea un sonido que el lector pueda escuchar con placer. No te limites a escribir palabras. Escribe música”.  El consejo de Gary Provost a los futuros escritores pasa por trabajar lo que el texto tiene de más genuino. El genio secreto del idioma no es la capacidad descriptiva sino la belleza el estilo. Creemos que el lenguaje es una mera aritmética, sistema de signos o acuerdo funcionarial para hablar de las cosas, cuando en realidad está empapado de estética y de técnicas persuasivas que utilizan como bazas la métrica, el ritmo y la melodía. Una breve rima, como saben los publicitarios y los retóricos, imprime mucho más en el cerebro del oyente que un prolijo y correcto razonamiento. Las conversaciones están plagadas de fórmulas musicadas para empezar o terminar las locuciones, para cambiar de tema o para mover a la acción (“a otra cosa mariposa”, “de eso nada, monada”, “alucina vecina”).

Habida cuenta de todo esto, digo yo: ¿a quién se le ocurrió traducir la canción ‘See you later alligator’ por ‘Hasta luego cocodrilo’? Alguien, que, sin duda, ignoraba el tremendo poder cultural de las rimas. Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho.

5. Tratado de filosofía zoom
José Antonio Marina (2016)

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Y José Antonio Marina asoma un año más en mis antologías lectoras, incluso cuando cunde la sensación —y es bastante a menudo— de que siempre escribe el mismo libro y rentabiliza sin fin su propio anecdotario intelectual. No diré que es el Woody Allen de la filosofía, porque a ver si me lee por aquí y no quiero ofender a nadie. Como el otro José Antonio, el del piso de arriba, el toledano hace parada y fonda en esos temas pequeños y cotidianos tan de su gusto, materiales perfectos para la vocación de detective cultural privado, al servicio de los lectores. Y como Steiner, hace gravitar todas sus reflexiones alrededor del gran tema del lenguaje, esa cosa que inventamos en la prehistoria para cazar mamuts y que hoy nos permite cantar al primor de una rosa, un caso palmario de exaptación, por recuperar el sugerente concepto del biólogo Stephen Jay Gould (exaptación: utilización de una herramienta biológica para algo distinto de su fin primario).

El lenguaje nos hace ser una especie de desterrados —o descielados, aunque suene horrible— entre el el reino del cielo y el reino de la tierra: somos “ángeles con perdigones en las alas” o “topos con alas protésicas (el hombre, “capaz de poco y de mucho, de todo y de nada: ni ángel ni bestia”, decía Pascal). Hablamos porque somos seres imaginativos, excesivos, pleonéxicos (palabro, este, de Ortega, que refuta con energía el darwinismo: nuestro santo y seña no es la mera adaptación o integración en el  medio, sino el aumento artificial de nuestro propio ser, posibilidades y expectativas, el henchimiento). Sigue Marina citando la prosa orteguiana: “La historia de la razón es la historia de los estadios por los que ha ido pasando la domesticación de nuestro desaforado imaginar”.

La orgullosa razón, pues, no es más que imaginación domesticada, y los mitos, el resultado inevitable de vivir en comunidades de más de cien o ciento cincuenta personas, la cifra máxima que, según los antropólogos puede digerir las individualidades sin el precio de diluirlas. Una vez masificadas las sociedades allá por el Neolítico, hubo que inventar las comunidades imaginarias donde poder sentirse como en casa, y de ahí el germen de la religión y el pensamiento mitopoético, hasta llegar a sus formas más modernas y desviadas, como el supremacismo o los fanatismos violentos (Heidegger, acusado de poetizar el nazismo, dijo la boutade de que Dios —el Ser— hablaba en alemán de la Baja Baviera. Hasta aquí el chascarrillo filosófico).

La poesía, el lenguaje, llevan a gala su precisión y “misión de claridad” (Juan Ramón: “Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas”)… y sin embargo “nadie construiría un puente basándose en el lenguaje poético”, aunque, pensándolo bien, esta extraña paradoja daría para un interesante y disparatado cuento (digresión bloguera: ¿como sería un puente machadiano, o un peaje inspirado por la arquitectura lírica de Cernuda?; fin de la digresión). La poesía es exacta, es certera, pero de un modo ciertamente sui generis. La religión es intangible, y aun así crea civilizaciones: no es lo mismo vivir “como si Dios existiera” —la historia de ‘San Manuel Bueno, mártir’, del católico descreído Unamuno—que vivir “como si Dios no existiera” —aunque esto último, curiosamente, lo hayan llegado a defender severos pastores protestantes como Dietrich Bonhoeffer, que murió asesinado por la policía nazi—.

Coleccionando citas de sabios y teólogos, el mejor divulgador filosófico español abunda en nuestra condición de seres excesivos, propulsados a la autosuperación permanente y al instinto vital, hasta el punto de negar la muerte (lo dice Gracián con ironía barroca: “No deberíamos nacer, pero ya que nacemos, no deberíamos morir”). Se rinde también ante otro de sus conceptos fetiche, la brillante agilidad, la gracia, entendida ya desde Santo Tomás de Aquino como “la docilidad del cuerpo al espíritu”, la capacidad de la bailarina de aparentar ligereza sobre toneladas de disciplina y automatismos aprendidos (no basta con la creatividad y el talento, y aquí habla el pedagogo: “improvisar es sistematizar la inspiración”). A vueltas con el sueño—nunca del todo resuelto— de la agilidad luminosa, con más pesimismo y radicalidad se expresa Michel Foucault, cuando llega a decir que “mi cuerpo es lo contrario de la utopía, el lugar irremediable al que estoy condenado”. Ángeles con perdigones, topos con prótesis.

Siendo así de frágiles, así de limitados, ¿como responder a nuestros hijos, que nos interrogan día y noche sobre el porqué de todo? Según Marina, hay dos posibles respuestas, y me temo que ninguna le satisface. La respuesta científica: el “porque sí” —que cierra el debate filosófico—; y la religiosa: “porque Dios así lo quiere” —que cancela la libertad—. Ambas tienen un único fin: poner fin al “agotador inquirir”, a la duda ilimitada e hipercuriosa que nuestro Yo infantil, cuando despierta, siempre está dispuesto a manifestar en voz alta. El niño siempre duerme dentro del adulto.

Para terminar, una oda a la agilidad y la velocidad tan queridas por Marina, el bello ‘Poema a una ciclista’ de José Antonio Muñoz Rojas que nuestro ensayista reproduce como una luz clara en medio de su disertación:

“Siempre va, siempre va, aunque suspiren
árboles melancólicos y lloren
los ojos de los puentes ríos de llanto.
No pesa el corazón de los veloces.”

 

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