El Salvador de Eurovisión *

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Gabriel Magalhâes
‘Por fin’. Artículo en ‘La Vanguardia’, 22/5/2017
http://bit.ly/2q9ui5o

Hay en Portugal un arte que es del pueblo. Se trata de la música, donde no contamos con compositores clásicos de talla universal. De hecho, las grandes melodías lusas siguen siendo las que se cantaban en el campo, en las playas, en las montañas, y que tienen un ritmo de margaritas y amapolas, un tono de olivo y de retama, a veces una intensa cadencia de marejada. La literatura, la pintura, el cine son un parque de diversiones de la élite nacional, pero cualquier portugués canta o toca mandando en su propia música, dueño de su voz y su partitura. Esto se concreta en particular en el fado, cuyas salas de concierto eran las tabernas escasamente iluminadas y cuyas letras narran y gritan la desgracia con gargantas de aguardiente, cigarrillo y soledad.

Cuando ocurrió la revolución de 1974, resultó muy hermoso que la contraseña para arrancar con los tanques hacia todo el futuro que se deseaba fuera una canción de recorte popular, Grândola, vila morena, de José Afonso. En ella se escucha un coro del Alentejo: una genuina forma musical que refleja los abismos de las grandes llanuras de esta región portuguesa. Voces enormes en un paisaje gigantesco, atrapado entre la aridez y el cielo.

Pero, por supuesto, por muy buena que fuera nuestra música popular, nada de esto valía para el Festival de Eurovisión al que nos presentamos desde los años 60. Lo que interesaba en este certamen eran melodías en las que se escuchara el alegre tintineo hipnótico de una máquina tragaperras que vomita toda su riqueza. Esa cadencia propia de la prosperidad. Se trataba, pues, de componer la sonata del bienestar, como hicieron los Abba, que tenían aspecto de lingotes de oro. Algo que se escuchara en las terrazas del verano, rebosando cerveza y gambas a la parrilla. Eurovisión era la música escrita en una partitura de cuentas bancarias, y sin un buen solfeo económico no llegabas.

Pertenezco a una generación portuguesa para la cual el Festival de Eurovisión constituyó un considerable traumatismo. Las familias se reunían con una tibia esperanza, que, entre todos, intentábamos que fuera consistente. Después de escuchar la melodía lusa, mi suegro siempre comentaba: “Este año vamos a ganar”. Pero siempre perdíamos. Yo me convencí de que ser portugués consistía en perder el Festival de Eurovisión. La cosa nos dejaba arrugados. No sé en qué parte de mi cuerpo o de mi alma tengo todas las cicatrices de estos festivales funestos, pero por ahí andarán, que todavía las siento.

El problema era que, si enviábamos a nuestros mejores músicos, en seguida se les notaba que tenían demasiado campo o demasiada tragedia, algo que no encajaba en la idea de Europa de aquel entonces. De forma que había que luchar por no ser el último. Recuerdo la alegría tristísima de cuando el quinto país que votaba nos daba el primer punto. En algunas ocasiones, nos disfrazamos de ricos y compusimos ritmos de oro, pero en seguida se nos notaba que era latón dorado. Resumiendo, todo se intentó y todo fracasó.

Comprenderán, pues, que mi hija adolescente me dejara preocupadísimo cuando me contó que estaba entusiasmada con el Festival de Eurovisión de este año. Yo, que ya no lo veía hace mucho tiempo, me quedé con ella, nada más para dar apoyo moral cuando la catástrofe ocurriera.

Y resulta que ese vagabundo de la música que es Salvador Sobral y su hermana, una chica cuyas melodías tienen la elegancia de un gato caminando por el alero de un tejado, ganaron el certamen. Y yo me transformé, al lado de mi hija, en un psicólogo en paro.

La canción de Sobral es un hermoso quejido portugués, como otros de nuestro panorama musical. Un maullido de ternura, como algunos que ya enviamos a Eurovisión en el pasado. En realidad, Salvador Sobral parecía trasplantado de la esquina de una ciudad, donde se trabaja por la monedilla del peatón, al escenario de Eurovisión. Estaba en su música, no en aquel lugar. Fue en la calle, en el rincón de su vida, que cantó, indiferente a la confusión que lo rodeaba, únicamente preocupado de la exacta ondulación de sus gemidos. Era un hombre entregado a su melodía, al vuelo de sus manos. Si Pessoa hubiese inventado un heterónimo que cantara baladas, sería Salvador Sobral.

Por lo tanto, con esta canción, seguimos iguales a nosotros mismos. Lo que ha cambiado ha sido Europa. Ya muy poca gente cree en el tintineo de monedas de antes, en ese diluvio de oro de la tradicional canción festivalera. Esos bancos melódicos han ido también a la quiebra. Y ahí estaba Sobral, vestido de negro, para darles sepultura. En el fondo, esta es una venganza más de los desgraciados de nuestro continente. Un signo profundo. Que Europa por fin aprecie el quejido portugués resulta toda una sorpresa, y quiere decir que el vals de la abundancia, cuyo tres por cuatro más reciente fue la canción festivalera, ha llegado a su fin.

No estamos en el apocalipsis, pero vivimos otro tiempo y habrá también una nueva estética. O viejas estéticas que parecerán nuevas.

La canción de Salvador Sobral es un hermoso quejido portugués, como otros de nuestro panorama musical Con la melodía que hemos ganado Eurovisión seguimos siendo nosotros mismos; lo que ha cambiado ha sido Europa

*el título del post es del autor del blog

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