‘Moonlight’: retrato antimoderno

ml

Joan Pau Inarejos
Nota: 8

Al igual que el retrato tripartito que luce en el cartel, el título nos habla de una identidad frágil y relativa. ¿Qué somos? ¿Los negros son azules a la luz de la luna? Depende de la luz con que se mire.

Tres magníficos actores dan vida a Chiron, joven afroamericano cuya vida está cuidadosamente docuficcionada en sus sucesivas etapas —niño, adolescente, adulto—, con un estilo y un espíritu que recuerda inevitablemente a ‘Boyhood’ (2014). Comparada con la película-río de Richard Linklater, la de Barry Jenkins quizá es más sencilla y estándar, más cerrada e intencional, pero no por ello menos sugerente y envolvente.

Podría ser un ensayo más sobre el descubrimiento de la sexualidad, pero ‘Moonlight’ va mucho más allá, preguntándose sutilmente por los fundamentos del ser en este mundo Para que nadie se despiste con el banderín de drama negro, Jenkins sitúa toda la tensión dramática entre personas de una misma raza y una parecida condición social (los afroamericanos del extrarradio de Miami). Es más una indagación sobre el alma que el supuesto cine político o reivindicativo que pudiera imaginarse. El señuelo argumental de las drogas, la homosexualidad o la violencia encubre algo más delicado y profundo. Chiron no es un héroe, es más bien un mártir, con momentos cuasi evangélicos (la traición del amigo, la otra mejilla, la cabeza sangrante erguida hacia el cielo).

La soledad de un niño acosado en la escuela es el punto de partida, por desgracia sangrante y actual, de una historia que se detiene más en los silencios que en los diálogos, y donde prende la chispa de la intimidad entre personajes y público gracias a un uso magistral de los planos cortos, los espacios borrosos y los montajes sucintos como trazos de acuarela. Todo en ‘Moonlight’ es suavidad y acompañamiento al espectador; seguimos a Black allá a donde va, sufrimos con él aun desconociendo su personalidad misteriosa. (Sobre Black: interesante cómo el mote puede escabullirse de su connotación negativa para convertirse en aceptación cariñosa del otro).

Por suerte, Jenkins huye tanto del discurso como de la introspección, y ofrece otra cosa bien distinta, un retrato naturalista, una vida encontrada, un pedazo de realidad que nunca juzga —se limita a describir—, ni siquiera resuelve los enigmas que plantea —solo los pone sobre la mesa—. En la vida no hay respuestas concluyentes; tampoco aquí. En la vida no somos exactamente quienes queremos ser, lo negociamos con la sociedad, ya sea por necesidad de integrarnos o por voluntad de diferenciarnos; también aquí.

Contra el ruido, paciencia. Contra la fiebre de las etiquetas, cordialísimo humanismo. Contra el mito de la liberación sexual, la necesidad primaria de compasión y reconocimiento. Contra la cultura del yo seguro de sí mismo, defensa de la ambigüedad y la duda. Contra el grito mal entendido de la igualdad, el elogio de la diferencia. Nuestra condena y nuestra felicidad está en nuestro ramillete de rarezas e indeterminaciones. Ser lo que somos puede enfurecer a algunos, pero también enamorar a otros. Gracias, ‘Moonlight’, por recordarlo con tanta belleza.

Moonlight en Filmaffinity

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