‘Vaiana’: Disney nos pilla mayores

 

moana

Joan Pau Inarejos
Nota: 6

Si traducir es traicionar, la nueva aventura buenrollista de Disney viene traicionada desde el cartel, ya que, al parecer, ‘Moana’—el título original— coincidía en España con una marca de cosméticos, y en Italia con una actriz porno (ehem), así que hubo que cambiarlo por ‘Vaiana’, que suena parecido y conserva el tono exótico. En fin, que nadie se alarme, porque ‘Moana’/’Vaiana’ tiene el perfume de toda la vida —dulzón o rancio, según el olfato— y sobre todo, no se ve más carne de la estrictamente necesaria. Podéis ir con los críos.

A nosotros, los treintañeros, una especie de barrera cuántica nos impide juzgar con objetividad lo que podríamos llamar materia Disney. No sabemos si añoramos ‘La Sirenita’ y ‘Aladdin’ o si en realidad añoramos a los niños-adolescentes que éramos mientras veíamos estos coloreados y encantadores musicales animados. Nuestra mirada ya no es inocente, nuestra lente está contaminada y modifica la partícula. Vaya por delante.

El caso es que ‘Vaiana’, igual que a ‘Tiana y el sapo’ y tantas otras, carece de esa cualidad de acontecimiento que podían tener otros títulos disneyanos no tan lejanos—pongamos que hablo de los 90—. Antes, cada tuneo étnico o mitológico de la compañía del ratón—los amerindios de ‘Pocahontas’, el mundo griego de ‘Hércules, el quiebro oriental de ‘Aladdin’— estaba preñado de emoción, era pura magia empaquetada con las mejores prestaciones de la tecnología de animación.

Ahora, para bien o para mal, ya llevamos mucho siglo XXI en la mochila. Pixar ha pasado como un tornado, los efectos hiperrealistas saturan el mercado audiovisual, el paradigma de consumo blanco y familiar ha entrado en crisis; por un lado lo hater invade el mundo, por el otro la corrección política cada vez aprieta más las costuras —basta ver cualquier película antigua para hacer inventario de cuántas bromas y alegres frivolizaciones no se podrían hacer hoy—… La sociedad se ha vuelto a la vez más y menos moral, el claroscuro y los tonos quemados se imponen a los colores pastel. Somos más exigentes y menos joviales.

Para este público superescamado, que se las conoce todas, historias como la de ‘Vaiana’ corren el peligro de quedar inmediatamente desfasadas, a lo sumo como un bonito souvenir de cuando creíamos que las nubes eran de algodón. La joven princesa polinesia se parece demasiado a sus predecesoras, por muy feminista que la pinten, y a pesar de esa jugada tan hábil de declarar personas non gratas a los príncipes azules —ya lo hemos visto en ‘Frozen’, ‘Brave’…—. El semidiós Maui es el amigo gordezuelo y bonachón que hemos visto miles de veces. El padre coarta la libertad de la hija soñadora. Suma y sigue…

En los detalles, más que en la gran parafernalia, es donde quizá la película gana enteros: el juego animado de los tatuajes de Maui, la aparición de esos insólitos minitrolls piratas, los momentos cómicos de un gallo histérico que tiende a suicidarse en alta mar, o el lirismo, moderadamente empalagoso, del espíritu del océano que acompaña siempre a la protagonista en forma de lengua acuática y cuasidivina —podría parecerse a la alfombra mágica de Aladdin, pero nos recuerda más a un remedo animado de aquella cosa cargante que era ‘La vida de Pi’—. Por lo demás, lo mejor que podemos decir de ‘Vaiana’/’Moana’, con estos ojos adultos y adulterados, es que no molesta, y que a ratos es incluso agradable.

Moana en Filmaffinity

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