Lo mejor leído en 2016

por Joan Pau Inarejos

1 La poesía del pensamiento
George Steiner
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steinn.jpgSteiner no deja de sorprendernos con sus libros catedralicios, llenos de pasadizos y ramificaciones que hurgan todas las configuraciones posibles de la estética y la reflexión filosófica. Aquí nos propone otra de sus hibridaciones transversales y antiespecializadas: la historia del pensamiento vista como una historia de inspiración artística —y viceversa—. ‘La poesía del pensamiento’ bucea en las fronteras, porosas y promiscuas, entre estos dos mundos lingüísticos, el de les poetas y novelistas, de un lado, y el de los metafísicos, intelectuales y buscadores de los límites de la razón, de otro. ¿Y si la metafísica fuera una rama del género fantástico, y la filosofía, un bello poema del intelecto que se piensa a sí mismo? ¿Cómo entender que defensores de ideas dispares converjan aparentemente gracias a la plasticidad —¿milagrosa?— de la materia literaria? ¿Puede el estilo, con su fuerza arrolladora, hacer empalidecer la tesis y convertir al buscador del más allá en un insospechado y exquisito jardinero del más acá? Steiner señala un tronco común para explicar estos parentescos. Antes que monologar fue dialogar; antes que escribir fue hablar. Y antes aún, cantar.

2 Manual para mujeres de la limpieza
Lucia Berlin
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9788420416786.jpg¿Cuál es el secreto de Lucia Berlin? Contar una vida tremenda —la suya— con una sonrisa en los labios. Traumas infantiles, alcoholismo, estricta moral religiosa, enfermedades, maltrato, desarraigo geográfico: la vida de la autora estadounidense se vuelca en un puñado de relatos muy cortantes, poco adjetivadores y envueltos en una agradecida luz de bonhomía. Tal vez lo mejor se concentra en los primeros episodios costumbristas alrededor de sitios como las lavanderías —crisol de soledades urbanas— o esas casas que dan nombre al libro y en las que la protagonista, siempre en perspicaz primera persona, da rienda suelta a sus divagaciones como mujer de la limpieza (u observadora antropológica). Berlin se luce en el detalle breve y cinematográfico (“se desplomó y me quedé sola en en el espejo”), en las píldoras de humor súbito (“Tu madre va a suicidarse una y otra vez cuando se entere de esto”; “El señor doctor Blum tiene pastillas de belladona. No sé qué efecto hacen, pero me encantaría llamarme así”) y en los relatos descriptivos de cárceles, trenes, hospitales o centros de desintoxicación donde parece que no va a pasar nada, mientras la vida pasa suavemente por ellos. Quizá la clave de su talento literario, de su finura psicológica y de su especial capacidad para captar la frescura del mundo la da ella misma en uno de los relatos: “Siempre he sido buena para escuchar. Esa es mi mejor cualidad. A Kentshereve quizá se le ocurrían todas las ideas, pero era yo quien las escuchaba”. Escuchar bien para escribir bien.

3 La felicidad paradójica
Gilles Lipovetsky
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Si George Steiner es un humanista todoterreno, Gilles Lipovetsky tiene las virtudes del cirujano: diseccionador preciso de la modernidad, de sus múltiples heridas y contusiones. El filósofo francés que dijo que “la crispación neurótica ha sido sustituida por la flotación narcisista: imposibilidad de sentir, vacío emotivo” vuelve una y otra vez sobre su análisis agridulce de las relaciones humanas en la era del hiperconsumo y la falsa inmediatez de las pantallas, y sostiene que hemos pasado de la era de la “envidia” a la era de la “indiferencia”. Somos más indolentes por empacho, por “sobreconsumo de intimidad” ajena. El mundo digital cada vez pone más modelos de felicidad en el candelero —las redes sociales son, en cierto sentido, un gran escaparate del Otro— y estos paradigmas de felicidad coloreados y sonrientes parecen cada vez más lejanos, ahondándose la antigua brecha entre las divinidades “olímpicas” —los demás— y los mortales —nosotros—. Lipovetsky desmenuza detalladamente las paradojas contemporáneas de la felicidad de las que habla el título. “A la sombra de la ligereza consumista, una nueva pesadez se ha apoderado de las existencias”: ansiedad sanitaria y estética, problematización de la dieta (la metáfora de Gargantúa avergonzado: el alegre devorador pagano da paso al individuo hiperresponsabilizado de lo que come), la obligación de ser “atletas de la libido” (bajo los cuerpos libres se ocultan seres esclavos) o la inversión histórica entre seguridad material y seguridad metafísica (antes se daba por hecho el orden moral aunque hubiera escasez; ahora el estómago está saciado pero abundan las “decepciones culturales”). Sin olvidar la gran paradoja de la felicidad, la necesidad doliente del prójimo: a pesar de ese “pensamiento mágico” moderno que nos impele a creernos dueños de nuestra vida, Lipovetsky recuerda que estamos, nos guste o no, en manos de ese Otro en el que depositamos nuestra fianza afectiva, y ese compañero existencial puede modificar las condiciones del contrato en cualquier momento. “Como no podemos ser felices solos, no somos dueños de la felicidad. ‘Viene’ y se nos va en gran parte sin nosotros”. Quizá, concluye, lo que buscamos es infinitamente más escurridizo y endeble de lo que sugieren nuestros esfuerzos: “¿cómo ignorar que eso que más apreciamos, la alegría de vivir, será siempre como una propina?”.

4 Canciones de amor. La historia jamás contada
Ted Gioia
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9788415832201¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo tarareando alguna balada vergonzante u hortera, esa canción que nos sabemos al dedillo pero que jamás cantaríamos en público (al menos estando sobrios)? Son las canciones ñoñas, romanticonas, o simplemente, las canciones de amor, que, por algún motivo, no gozan ni han gozado nunca de prestigio, a pesar de su indiscutible universalidad. El musicólogo y jazzista Ted Gioia responde a este vacío con un atípico ensayo que empieza con un flashsback a la naturaleza: los primeros cantantes románticos fueron los pájaros. Desde entonces, la música erótica y romántica ha respondido a una perenne necesidad orgánica, ninguneada por la burguesía intelectual (citando al escritor Dave Hickey, se pregunta por qué “el noventa por ciento de los temas pop que se han escrito eran canciones de amor, mientras que el noventa por ciento de la crítica de rock habla del otro diez por ciento”) y temida por el establishment de todas las épocas (recuerda con qué ahínco los padres, jefes y tutores quieren controlar la música que escuchan sus hijos o siervos, generalmente más jóvenes. “Más que un motivo cultural, parece ser una especie de necesidad cuasi biológica”). Gioia colige un paralelismo entre la historia de la canción y la historia de la represión (¿lo cantado es lo que se ha reprimido?) y, retomando un argumento contemporáneo, cree que la canción de amor es, sobre todo, una historia de mujeres, negros y esclavos de la que se han apropiado hombres blancos y poderosos.

Esta historia jamás contada permite descubrir un hilo secreto entre las sirvientas islámicas, los trovadores medievales y los afroamericanos del siglo XX, y convoca por sorpresa a Nietszsche al preguntarse si la lírica amorosa es el cumplimiento de la famosa moral de esclavos: el criado obtiene una especie de revancha cultural con su poder cantor, y el señor se siente fascinado ante su genio, sensualidad y espontaneidad, vedados a las clases altas. Inversión de roles, revolución sigilosa. Sin embargo, del inmenso repertorio de canciones de amor de los siglos pretéritos apenas nos quedan algunos vestigios, podados y blanqueados. En lo esencial, no sabemos cómo amaba el ciudadano de a pie. Conocemos los amoríos de Cleopatra pero no de su vecina tendera; “La canción popular es como el ornitorrinco pico de pato —ha explicado Charles Marson—: puedes vivir durante años a pocos metros de él y no sospechar su existencia jamás”. Además, a su juicio, la izquierda académica y la filosofía de la sospecha ha sobreinterpretado los contextos y los supuestos significados ocultos de estas canciones, orillando su texto, lo que realmente decían y dicen. Gioia defiende el denostado literalismo: ‘Can’t buy me love’ sigue siendo una canción de amor y no —sólo— una expresión de la conciencia de clase entre la juventud de Liverpool. “La riqueza de las obras de arte es tal que los investigadores pueden excavar muy por debajo de la superficie y encontrar tesoros inagotables… o quizá oro falso”. ¿Y si la respuesta está más cerca de lo que parece? ¿Y si la verdad es lo que se dice? “Haríamos bien en recordar que las gemas y las pepitas a veces están en la superficie”. Desde la lírica hispanoárabe hasta Youtube pasando por Shakespeare y el rock, Ted Gioia detecta curiosas constantes históricas de la poesía popular romántica, como la canción frente a la puerta cerrada —en griego, paraklausithyron—, el acicate de burlar al censor o al vigilante (“Mi señora, ¡hagamos lo que el espía sospecha!”), o el momento matutino de la separación de los amantes (el género del alba, donde el grito del centinela o almuecín marca la hora del adiós).

En los interesantes capítulos finales, se explica cómo la tecnología ha contribuido a popularizar de nuevo las canciones de amor, gracias a las formas subjetivas y masificadas de consumo. Con la implantación del piano doméstico, la radio en el coche, el micrófono del solista o el magnetófono —hoy añadiríamos los auriculares, Spotify…—, la sensibilidad musical se ha democratizado (siendo posibles los llamados himnos generacionales), el intérprete se ha convertido en receptor de la adulación (cuando antes era él el lisonjero trovador), ha irrumpido la “conciencia de público” y se ha avivado la fantasía contemporánea de una relación personal entre artista y oyente —entre estrella y fan—. La canción de amor se resiste a morir a pesar de su tropel de enemigos, que han recelado y siguen recelando de su paradójico poder debilitador (desclasador, desestructurador), desde las civilizaciones militares (Roma) hasta los punks, pasando por los intelectuales progres o los clérigos. Recordando a David Foster Wallace, Gioia se pregunta si una vez agotadas las revoluciones políticas y puritanas llega de nuevo la hora de las ‘rebeliones blandas’, las que se fundan en los sentimientos y los gimoteos esclavos, y tiene claro de dónde saldrán: “de los bohemios, de los parias, de los excluidos, de las personas más marginadas y menos poderosas y de los sitios más ocultos”. Leedlo, es una gioia.

5 Poemas escogidos
Fernando Pessoa
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51197190_19_07Más que canción de amor, la poesía de Pessoa es un quejido cíclico sobre las paradojas del Yo, un péndulo constante entre la congoja de vivir y la búsqueda de la serenidad. “Mi dolor —dice— es inútil / como una jaula en una tierra donde no hay aves”. Dolor más punzante y solitario cuando esas tormentas del Yo cohabitan con un día apacible (“¿Cuándo seré de tu color, / de tu plácido, azul encanto, / oh claro día exterior, / cielo más útil que mi llanto?”). Pessoa se recrea en los estados de ansiedad sin nombre y hasta sin causa, como esas jornadas “en que todo el día la tormenta amenaza / y ni siquiera de noche llega…”, y sueña con ser un mero objeto, o una maquinaria industrial, privado de conciencia pero dotado al menos de una utilidad concreta: “Quién me diera que mi vida fuera un carro de bueyes (…) Yo no tendría que tener esperanzas; sólo tendría que tener ruedas…”.

Abundando en la levedad e insignificancia de la vida, aborrece su condición de ser terrestre y preferiría vivir como un ave, porque el primero “deja recuerdo en el suelo” mientras que el pájaro “pasa y no deja rastro (…) pasa y olvida, y así debe ser”. “El recuerdo —va más allá— es una traición a la Naturaleza”, y “la realidad no necesita de mí”, algo que no parece compungirle demasiado, más bien le produce un gran alivio: “Siento una alegría enorme / al pensar que mi muerte no tiene ninguna importancia”; “feliz el bruto que (…) entra en la muerte como en casa”. No somos importantes, y por eso somos menos esclavos. El Tajo es prisionero de miles de miradas, en cambio el río de su aldea “es más libre y mayor”, ya que “pertenece a menos gente”. La mirada es creadora: “soy del tamaño de lo que veo / no del tamaño de mi estatura…”.

Toda metafísica es esfuerzo inútil, todo dogma filosófico, falaz (“¡No me vengan con conclusiones! / La única conclusión es morir”). Pessoa defiende una ética del más acá y una estética de las cosas tal como son, sin mistificaciones de ninguna clase (“las cosas no tienen significado; tienen existencia. / Las cosas son el único sentido oculto de las cosas). La misma poesía es más engañadora cuanto más ahonda en la subjetividad (“El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el mismo dolor que de veras siente”). Con su melancolía portuguesa, diminuto frente al océano, nos invita a dejar de violentar el mundo con nuestros requerimientos absurdos (“Viene de lejos la vida / nunca la interrogues. / Ella nada puede / decirte. La respuesta / está más allá de los dioses”), y a ser enteros en todo lo que hagamos (“nada tuyo exagera o excluye. / Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres / en lo mínimo que hagas. / Así en cada lago brilla entera la luna, / porque alta vive”). Palabra de Pessoa.

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