‘Que Dios nos perdone’: machos sin salvación

31.jpgJoan Pau Inarejos
Nota: 7,5

Todo empieza con un zoom en la Puerta del Sol. Un hormigueo constante y melancólico en el kilómetro cero. Podría ser el Times Square español. Pero no. La música de Mecano, el casticismo madrileño y la memoria del 15-M lo hacen singularmente costumbrista, entrañable a la par que inquietante, incluso para los que vivimos física y psíquicamente lejos de la Villa y Corte. En este meollo, en Sol, como dicen ellos, siempre parece que vaya a pasar algo. Un brote. Un grito. Un loco disfrazado. Una algarabía que no preveían las encuestas. Un incendio pirotécnico en medio de lcalma aparente. Luces de neón temblorosas. Feliz 2011.

Así empieza ‘Que Dios nos perdone’, un thriller largo, despiadado y sangriento, ambientado en el largo estío de la crisis económica, que saca lo peor de los criminales y, muy especialmente, de sus perseguidores. Dos policías enfrentados a un asesino de métodos odiosos. Dos agentes del bien —magníficos Roberto Álamo y Antonio de la Torre— enfrentados a sus propios fracasos vitales, uno con agresividad, el otro con sociopatía, los dos con violencia. Dos hombres obligados a colaborar contra un Mal que es todavía peor que sus miserias. ¿Podrán así redimirse?

El halo religioso atraviesa todo el relato, el pecado y la culpa están presentes de un modo físico y abominable como en las carnicerías de ‘Seven’. A medida que avanza la trama, la moraleja sobre la putrefacción social se hace cada vez más barroca y excesiva —la cámara se regodea en lugares francamente innecesarios, el tópico católico se gasta de tanto usarlo—. El punto justo, el toque magistral de Rodrigo Sorogoyen, está en las primeras escenas, cuando lo escabroso se da de la mano con lo cotidiano y los policías charlan como si no hubiera un cadáver despatarrado entre ellos. Fríos desprecios, ligoteos inoportunos, cotilleos vecinales, tacos e irreverencias, como si no pasara nada.

La chulería torrencial de Roberto Álamo frente a la tartamudez de Antonio de la Torre, el macho ibérico contra el perturbado silencioso y meticuloso: la tensión y camaradería entre estos dos personajes está tan solemnemente dibujada, es un estudio masculino tan monumental, que casi perdonamos los pecados veniales del guion, los baches de ritmo o lo que parece a veces un viaje narrativo a ninguna parte. Todo acaba encajando, pero podría encajar mucho mejor en cien minutos. ¡Señor, danos el don de la concisión!

Que Dios nos perdone en Film Affinity

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