Tiburón en tiempos de Instagram

the shallows.jpgJoan Pau Inarejos
Nota: 6

El año que murió Franco nacía otro monstruo destinado a atemorizar a las siguientes generaciones. Un villano con muchos colmillos, sed de sangre e insaciable instinto asesino. En realidad existía sobre la faz de la tierra desde hacía millones de años, pero nunca le habíamos visto así. En 1975 nació el tiburón como enemigo de la humanidad.

Al igual que ‘El exorcista’, la película de Spielberg es como un meridiano de Greenwich del género de terror, la aguja que marca un antes y un después. Pasan las décadas, aumentan los píxeles, todo es más coloreado, digitalizado y siliconado, pero la vieja aleta dorsal sigue surcando nuestras vidas y rodeando a cierto bañista desprevenido. Chan-chan chan-chan chan-chan.

Y en estas llega ‘Infierno azul’, quizá el intento más descarado de conciliar el subgénero de tiburones con las nuevas exigencias estéticas de la era selfie. Desde los primeros planos cenitales, que arrancan toda la belleza irisada del mar, hasta la aparición de esa venus de gimnasio que encarna Blake Lively, todo respira un aire de hedonismo playero y estudiada superficialidad perfectamente contemporáneos.

Dejando a un lado unos diálogos que rozan el ridículo y ciertas situaciones que juegan con los estereotipos más burdos -pobre Óscar Jaenada-, lo nuevo del catalán Jaume Collet-Serra es una diversión masticable y espumeante que -¡atención!-, dura menos de hora y media, lo cual ya es motivo a priori de gratitud. Los metrajes inferiores a noventa minutos son una promesa tácita de no especular demasiado, un pacto no escrito con el lado más impaciente y escamado del espectador: Tranquilo, iremos al grano.

Por supuesto, la enésima historia de acoso mutuo entre el tiburón blanco y el homo sapiens contiene una gran cantidad de detalles y giros completamente inverosímiles, y aporta quizá como sello distintivo un toque de antropomorfización de los bichos casi próximo a la animación. Nos referimos por supuesto a ese escualo cabrón e infatigable, pero sobre todo a una gaviota exquisitamente digitalizada que podría haber firmado la Pixar en cualquiera de sus cortos mudos.

Por cierto, que no cunda el pánico en el sector turístico: esta vez se las arreglan para decir que, pese a todo, no hay que tenerle miedo al agua, y menos aún si puedes subir a Instagram fotos de tus heridas con un buen filtro atardecer.

The Shallows en Film Affinity

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