‘La bruja’, esa vieja -y aterradora- conocida

the-witch-2 (2)Joan Pau Inarejos
Nota: 8

Las brujas de Goya, el Ángelus de Millet, las velas de Georges de La Tour, los interiores holandeses, el Gótico americano de Grant Wood, el realismo inerte de Edward Hopper, los enanos de regusto velazqueño… los homenajes pictóricos de ‘The Witch’ son incontables; rebosan por los costados, escapan a estas líneas. Bajo su textura de sustos y tensión agónica se esconde un compendio de la historia del arte en noventa minutos. Quizá estamos ante una de las películas de terror con mejor packaging del siglo XXI. Contenido siniestro de exquisito envoltorio.

El debut de Robert Eggers nos recuerda que América tiene dos orígenes. Está el Oeste de los vaqueros y los exploradores, el que no se cansa de relatar Hollywood con el western y sus escenografías solares; y está el Este de los colonos, con su mundo cerrado, sombrío, de fanatismo religioso. Un mundo éste menos frecuentado, no tan apto para la épica como para la pesadilla, como ya demostró la extraordinaria ‘El bosque’ de M. Night Shyamalan, donde el sueño de una comunidad rural producía monstruos. De nuevo, lo supersticioso y lo sobrenatural se hallan frente a frente. Realidad opresiva y ficción fabuladora caminan por el alambre. “Pecado, eres mi padre”.

‘La bruja’ juega con nosotros hasta la extenuación, y aunque su trama sea algo previsible y derrape en exceso en las últimas escenas, funciona como un tiro en su doble vocación de cinta de terror y descripción psicológica del puritanismo radical. Manipula magistralmente nuestro inconsciente óptico, ya sea penetrando en el bosque oscuro de los hermanos Grimm o bien subvirtiendo las imágenes sagradas de la Santa Cena, la Oración de Getsemaní, la Flagelación de Cristo o la mismísima crucifixión -en el virtuoso fotograma que corona la película-.

La obra inaugural de Sitges 2015 maneja con fuerza renovada todos los iconos clásicos del mal, desde el niño poseído hasta el macho cabrío, desde los gemelos kubrickianos hasta esa bruja que da nombre a la película y de la que el cerebro occidental no logra desembarazarse aunque pasen los siglos. Que nadie busque novedades, Eggers no revoluciona nada, se limita a manosear con eficacia el baúl de nuestra educación visual. Saca de allí espeluznantes telarañas y sobresaltos en blanco y negro. Todo está en nosotros. El fanático -y la pasión masoquista por el cine de terror es una forma gozosa de fanatismo- ve lo que quiere ver.

La bruja en Film Affinity

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