Secuestradas

Joan Pau Inarejos

Mujer joven, habitación sellada, carcelero inquietante: es la tríada en la que parecen haberse puesto de acuerdo Dan Trachtenberg (‘Calle 10 Cloverfield’) y Lenny Abrahamson (‘La habitación’) en sus respectivas películas sobre encierros angustiantes. Desde que Rodrigo Cortés metió a Ryan Reynolds en una tumba durante noventa minutos (‘Buried‘), el cine parece estar redescubriendo el potencial de los espacios exiguos y las narraciones al límite. La claustrofobia está de moda.

A partir de ahí empiezan las diferencias. ‘La habitación’, laureada en los Oscar,  tiende al paquete de kleenex y al tono televisivo de sobremesa. La banda sonora se regodea a placer, hay uso y abuso de la voz en off. No es el esperado thriller inteligente y resolutivo, sino un dramón larguirucho con no pocos baches de credibilidad (el buen thriller siempre abrevia, el mal drama no se acaba nunca). Eso sí, el pequeño Jacob Tremblay hace una interpretación tan asombrosa y naturalista que acaba convirtiéndose, él solito, en el alma de la película. Con sus silencios y sus salidas de tono, con su completo ensimismamiento respecto a los adultos. Nuestro Mowgli de ojos tristes se come la cámara.

‘Calle 10 Cloverfield’, producida por J. J. Abrams y presunta continuación de ‘Monstruoso’ (‘Cloverfield’, 2008) apuesta en cambio por el tono apocalíptico y se ambienta en un búnker. Mientras que el celador de ‘La habitación’ es un personaje increíblemente anodino y prescindible, el de Cloverfield llena la pantalla en todos los sentidos. Un inmenso John Goodman, atormentado y filofascista granjero, deberá convencer a sus huéspedes de que les ha salvado la vida. ¿Héroe o monstruo? ¿Cautividad o Arca de Noé?

La claraboya en un caso, la rejilla de ventilación en el otro, son la única frontera visible con el mundo exterior: el horizonte de los encerrados. Por allí discurren las utopías de liberación y las fantasías con la luz (véase la hermosa danza, casi mística, del niño de ‘La habitación’ mientras su madre está acostada). La película de Abrahamson, actualizando la caverna de Platón, brinda una fábula interesante sobre los límites de la realidad conocida y el negacionismo pertinaz de los reclusos. El pequeño Jack rechaza con vehemencia y sollozos que exista un mundo exterior y considera el váter, la silla o la planta podrida como sus únicos y entrañables compañeros.

Poca broma con la experiencia poscarcelaria. Ahí es donde aparecen los monstruos. La celda deja de protegernos de la realidad y comprobamos con horror que enemigos y traumas siguen donde los habíamos dejado. En este momento decisivo, ‘Calle 10 Cloverfield’ opta por un audaz cambio de registro, y, más que concluir la película, se pertrecha de nuevas coordenadas para empezar otra, diametralmente opuesta y quizá menos perturbadora. John Goodman demuestra que el Otro puede ser más temible que el Alienígena. Jacob Tremblay demuestra que los niños pueden ser más heroicos que sus padres. Saber decir adiós es casi sobrehumano.


 CALLE 10 CLOVERFIELD  Nota: 8
 LA HABITACIÓN  Nota: 6,5

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