La conversión de Tony Blair

JOSEP MARIA RUIZ SIMON

Tolkien y Lewis inventaban mundos ficticios en los que se representaba la lucha entre el bien y el mal; tras el 11-S, Blair ha recuperado esta clara visión anglocatólica de la geografía

Las sacristías andan revueltas con el anuncio de que Blair, apostatando del anglicanismo, profesará la fe católica, apostólica y romana y sueña con un diaconato. Y no es improbable que, entre casullas, reliquiarios y copones, algún sacerdote instruido se acuerde de lo que, tal vez cuando era estudiante de la Universidad de Navarra, leyó en una obra de Carl Schmitt: “La mayor parte de las veces se escucha el reproche, repetido en todo el parlamentario y democrático siglo XIX, de que la política católica no consiste sino en un oportunismo sin límites”. No es por casualidad que, a inicios del siglo XXI, este mismo reproche ha sido dirigido también con frecuencia hacia la llamada tercera vía.

Si, como sostenía con admiración tal vez irónica el propio Schmitt, lo característico del catolicismo como forma política es su asombrosa elasticidad, su increíble capacidad de adaptación, su ambigüedad infinita y su increíble propensión a superar los dualismos como si no existiera el principio de contradicción, el hasta ahora anglicano Blair ha sido el gran político católico de nuestra era. Cabe señalar no sin sorpresa que esta peculiar grandeza ya la previeron con claridad los profesores de Esade que, ya a fines de los años noventa, fueron de los primeros en tomarse en serio sus propuestas.


Se podría escribir una historia de Inglaterra desde Enrique VIII hasta nuestros días atendiendo exclusivamente a la manera como esta nación se ha ido reflejando en los conversos católicos que ha producido (…). Tendría que dedicar no poco espacio al peculiar mundo literario de los conversos ingleses al catolicismo, con R. H. Benson, hijo de un primado de Inglaterra, entre los pioneros, y con Hillarie Belloc, Tolkien, C. S. Lewis, Chesterton y Graham Greene, entre los más destacados. Hubo un tiempo, el de Tolkien y Lewis, en el que este tipo de héroes religiosos inventaban mundos ficticios, como la Tierra Media o Narnia, donde todo parecía posible y en los que se representaba épicamente la eterna lucha entre las fuerzas del bien y del mal. Con sus apuestas para el nuevo orden internacional surgido del 11-S, Blair ha recuperado esta clara visión anglocatólica de la geografía ideológica, que se había visto oscurecida por la turbia narrativa de Graham Greene, en la que uno acababa no sabiendo, con consecuencias nefastas, quiénes eran los malos (…).

Señalando hacia el catolicismo, Blair bendice el fin de una época. Viene a indicar que la soberanía nacional ya no sirve ni como mito. Queda por ver si su pasión romana es una declaración metafórica de amor por los “poderes indirectos” en general o tiene algo que ver con una iluminación especial sobre la verdad del dogma de la Inmaculada Concepción o sobre las bondades de la infalibilidad pontificia.

JOSEP MARIA RUIZ SIMON, PROFESOR DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSITAT DE GIRONA, EN ‘LA VANGUARDIA’, 26/06/07 / fotos: FOTOGRAMAS DE ‘EL SEÑOR DE LOS ANILLOS’ Y ‘LAS CRÓNICAS DE NARNIA’

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