Scarlett


OTI RODRÍGUEZ

“¡Cuánto trabajo cuesta mirar y ver otra cosa que a esa fascinante chiquilla rubia, carnal y aburrida en ese hotelazo construido para compaginar placeres y negocios!”

Hasta hace bien poco, no había más Scarlett que la apellidada O’Hara, el adorado tormento de Rett Butler en ‘Lo que el viento se llevó’. Hoy, uno dice Scarlett y de inmediato se piensa en Johansson (…). La actriz que, como últimamente hila una tras otra las películas con Woody Allen, estará con cierta probabilidad rodando algún día en Barcelona este próximo verano compitiendo en curvas y pensamientos retorcidos con la obra de Gaudí (…).

En realidad no hay más de una decena de títulos (…) olvidables en las estanterías del rincón de la historia del cine hasta que hizo su aparición estelar en ‘Lost in translation’, la película que pondría a Scarlett (y a nuestros ojos) en órbita.

Sobre cómo hace su aparición Scarlett Johansson en esta brillante película acerca de de la soledad entre la aparatosa multitud, se podría escribir algo parecido a un par de encendidas páginas del más tórrido Henry Miller; lo dejaremos en un par de encendidas frases: antes aún de los títulos de crédito surge del negro un primerísimo primer plano de, digamos, el cántaro voluptuoso de su figura de espaldas y (des)cubierta apenas con una sedosa y transparentosa ropilla interior de color amanecer en el trópico…

Cambia de idea y de imagen Sofia Coppola, la directora y tal vez un genio del cine, y nos ofrece una panorámica descomunal de Tokio y su noche de luces y guiños. Dos o tres chasqueos de dedos y la vuelve a tomar sentada en la cristalera del piso ciento y pico del hotelazo japonés en el que habrá de coincidir en cuerpo y alma con el personaje (magnífico personaje) que interpreta Bill Murray y por el que nadie le dio un Oscar. A medida que va transcurriendo ‘Lost in translation’ uno empieza a ir conociendo a Scarlett Johansson y sus posibilidades como animal cinematográfico: borda el personaje de chica perpleja ante la velocidad que toma la vida al doblar una curva inesperada del camino (recién casada, con la baraja en sus manos y a punto de darse de bruces contra la tapia de las desilusiones) y de chica paño en el que enjuga su depresivo sudor ese fulano cínico y terminal que interpreta Murray. Cualquiera que vea ahora esa película se dará cuenta de lo difícil que lo tenían ambos actores: ¡Cuánto trabajo cuesta mirar y ver otra cosa que al brillante Bill Murray en estado de gracia y totalmente perdido en ese descomunaly marciano Tokio!… Pero, ¡cuánto trabajo cuesta mirar y ver otra cosa que a esa fascinante chiquilla rubia, carnal y aburrida en ese hotelazo construido para compaginar placeres y negocios! Los dos, pues, absorben la mirada del espectador, pero al tiempo consiguen el pequeño milagro de dejarle sitio al otro.

El desenlace de ‘Lost in translation’ fue el comienzo de todo lo demás: él le dice a ella algo al oído que la película no desvela (es un secreto entre ambos) y que le permite a ese final amargo convertirse, de un modo sencillo, magistral, en algo lejanamente parecido a un final feliz. Misterios de la (in)felicidad.

OTI RODRÍGUEZ, “LA VOLUPTUOSA S DE SCARLETT”, EN LA REVISTA ‘MAN’, JUNIO 2007

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